Tamar-Hoz es un asentamiento de frontera construido alrededor de un antiguo pozo atmosférico. Sus casas mezclan piedra volcánica, planchas de naves, pieles y huesos.
Tres poderes sostienen su equilibrio: el Pozo, el Mercado de Sombra y las tribus Neomenoch que rodean el asentamiento. No existe un señor único. El agua, las caravanas, la esclavitud y las deudas mantienen una paz violenta.
Salomé y Acad desembarcan allí desde La Viuda Seca. El primer intento de comprar al niño muestra la lógica local: todo tiene precio hasta que alguien demuestra que cobrarlo costará demasiada sangre. Tamar-Hoz sirve de entrada a la política tribal de Hinom.
Apariciones y relaciones canónicas
Apariciones principales: Hinom.
Relaciones conocidas: Salomé, Acad, Ubara, los Martel menores, las tribus y el Pozo.
Contexto canónico de Tamar-Hoz
La barcaza descendió en Tamar-Hoz, un asentamiento de frontera construido alrededor de un antiguo pozo atmosférico. Desde arriba parecía una mancha de metal y adobe negro rodeada de empalizadas, depósitos cilíndricos y corrales de bestias flacas. Desde dentro, era peor. Las casas eran bajas, hechas con piedra volcánica, planchas de naves estrelladas, pieles endurecidas y huesos de animales grandes. Las calles no eran calles, sino corredores de polvo apisonado entre muros irregulares. Sobre muchas puertas colgaban manos secas, máscaras, placas con signos Neomenoch, dientes humanos, tiras de tela roja y pequeños discos de metal Exo falso vendidos por mercaderes sin escrúpulos. El aire olía a sudor, grasa animal, agua reciclada, humo de estiércol, sangre vieja y especias amargas.
No había un señor de Tamar-Hoz. Había equilibrios. Y los equilibrios, en Hinom, se sostenían con cuchillos mojados.
Recibió a Salomé en una tienda amplia situada fuera de las murallas de Tamar-Hoz, en un campamento de lonas negras, estacas de hueso y pequeños hornos de sal. Acad permaneció junto a su madre, inmóvil. Detrás de ellos, dos cazadores del desierto vigilaban la entrada. A un lado, tres sacerdotisas locales molían polvo blanco en cuencos de piedra. El aire dentro de la tienda era pesado, cargado de humo aromático, grasa quemada y algo dulce que Salomé no quiso identificar.
No entraron en Tamar-Hoz como comerciantes, sino como hambre organizada. Eran veintisiete, hombres y mujeres de piel cortada en círculos, dientes teñidos de rojo oscuro, cuerpos cubiertos con pieles curtidas y placas de hueso. Llevaban tambores pequeños, cuchillos anchos, lanzas cortas y cuencos colgados al cinturón. Delante caminaba su jefe, Aruk Boca-Sagrada, un hombre enorme, calvo, con la mitad izquierda del rostro quemada y una mandíbula humana atada sobre el pecho. A su lado iba una sacerdotisa adolescente, casi una niña, con ojos febriles y labios pintados de negro.
