Carmen es una Hermana del Camino procedente del Santuario Genético de Phyros XI. Tiene cabello rojizo, ojos verdes y tatuajes rúnicos que son juramentos inscritos en la carne. Es convocada por el Hegemón junto a Teseo y Ragnar para servir bajo la dirección de Dante.
Su misión la conduce a Prana 72, el Seol y Naraka. Carmen posee formación genética, religiosa y ritual, pero también una voluntad propia que entra en conflicto con las doctrinas que la utilizan. Su relación con Rya y su conexión con Abaddón forman el núcleo trágico de la línea argumental.
En Naraka, Carmen se convierte en recipiente de Abaddón. La posesión no borra de inmediato su identidad: ambas voluntades comparten carne, deseo, violencia y soberanía. Tras la huida, Carmen-Abaddón gobierna de hecho el Aqueronte, mientras Teseo se integra en la nave y Rya permanece a su lado. Su transformación abre una grieta entre la guerra santa del Neoimperio y una entidad arcóntica capaz de construir su propio poder.
Apariciones y relaciones canónicas
Apariciones principales: El Tercer Sacrificio y Arconte.
Relaciones conocidas: Dante, Teseo, Ragnar, Rya, Abaddón, Naraka y el Aqueronte.
Contexto canónico de Carmen
Carmen avanzó unos pasos hacia una de las columnas y apoyó la espalda con elegancia controlada.
Carmen cerró los ojos un instante, como si ordenara recuerdos que no eran suyos.
El mármol de la Ciudadela devolvía los pasos como si cada sonido fuese una declaración de presencia ante siglos de historia.
El pasillo era largo, rectilíneo, flanqueado por columnas de piedra blanca veteada que ascendían hasta perderse en una bóveda apenas visible entre sombras. Antiguas lámparas de luz fría, encastradas en molduras imperiales, proyectaban una claridad sobria que no calentaba el ambiente. En los muros con figuras doradas y coloridas tratando de dar una épica religiosa ortodoxa; relieves de batallas, concilios y juramentos quedaban detenidos en piedra con precisión quirúrgica.
Habían sido reunidos apenas unos minutos antes en el vestíbulo que daba acceso a aquel pasillo. Un monje de la Ciudadela, encapuchado y parco en palabras, les había informado con voz neutra:
Era joven, sí. De cabello largo y rizado que caía en espirales rojizas sobre sus hombros. Sus ojos verdes, intensos y atentos, parecían absorber cada detalle del entorno. El vestido de seda ceñido que vestía no era ostentoso, pero sí atemporal. Oscuro, fluido, sin emblemas visibles. Sobre su cabeza, un pequeño pañuelo recogía parte del cabello en un gesto ritual más que estético. Los tatuajes rúnicos que asomaban en sus muñecas y en la base del cuello no eran decorativos.
