Las Hermanas del Camino forman una tradición femenina de genética, rito, protección y desplazamiento por las rutas del Eternum. Carmen procede de su Santuario Genético de Phyros XI.
Sus miembros portan juramentos rúnicos y conocimientos que combinan cuerpo, linaje y disciplina espiritual. La misión de Carmen demuestra que pueden ser convocadas para amenazas arcónticas donde la fuerza militar no basta.
La orden está asociada al símbolo de la serpiente verde y dorada. No pertenece al mismo linaje ni cumple la misma función que las Hermanas Oscuras. En el caso de Carmen, la posesión por Abaddón convierte el legado del Camino en campo de batalla entre voluntad humana y poder arcóntico.
Apariciones y relaciones canónicas
Apariciones principales: El Tercer Sacrificio y Arconte.
Relaciones conocidas: Carmen, Phyros XI, Dante, Rya y Abaddón.
Contexto canónico de Las Hermanas del Camino
Su superficie ofrecía paisajes de una belleza agreste: dehesas inmensas, colinas tapizadas con un verdor suave como pelaje de animal, y bosques frondosos que se cerraban sobre sí mismos como criptas naturales donde reinaba la penumbra. Sus mares guardaban riquezas silenciosas: corales centelleantes bajo las aguas oscuras y perlas negras, tan raras como preciadas, arrancadas del corazón de los arrecifes. Aun así, la vida económica de aquel mundo benigno, habitado por una escasa población nativa, no giraba en torno a esas riquezas. Lo que le otorgaba verdadero valor eran sus cualidades curativas, un don inscrito en la propia composición de su atmósfera y geología.
Seis mil años estándar atrás, la Cofradía de Inquisidores, conocedora de aquel secreto, declaró el planeta bajo su protección y lo entregó en feudo restringido a las Hermanas del Camino. Esta sociedad femenina era la contrapartida de los Inquisidores, y durante milenios sus fines religiosos, médicos y logísticos complementaron a la Orden en una simbiosis de poder y espiritualidad. Gehena se convirtió entonces en un santuario, un lugar al que solo los elegidos podían acceder, donde lo sagrado y lo científico se entrelazaban como dos rostros de un mismo misterio.
El Santuario Genético de Gehena era uno de los últimos treinta y tres aún activos en toda la galaxia. Como la Cofradía, había visto menguar su número y su fuerza en los siglos oscuros que siguieron a la caída del último gran Imperio humano. Las acólitas eran cada vez menos, las voces guardianas del conocimiento se apagaban una tras otra, y con ellas se erosionaba la unión que mantenía a la humanidad ligada a su propio legado. El vacío de esa pérdida dio paso al avance de la barbarie, a la fragmentación de las colonias humanas, que en su aislamiento se convirtieron en naciones extrañas, olvidadas y dispersas en el mar infinito de estrellas. Muchas se perdieron para siempre, borradas en el olvido cósmico, como brasas apagadas en un universo cada vez más frío.
