En el año 11.726 después de la Conjunción Infernal, el Eternum es ya una galaxia vieja.
Han transcurrido quince años desde los acontecimientos de Las Tres Perlas. Jared ocupa el cargo de Maestre Imperial de la Orden de Escribas y Cronistas, y el Neoimperio de los Nimrod gobierna una inmensidad que parece inconmensurable para quienes viven bajo su sombra.
Pero el Imperio tiene un problema que ninguna legión puede resolver.
Las estrellas están demasiado lejos.
Las astronaves pueden recorrer los sistemas en subluz, pero las distancias verdaderamente grandes solo pueden salvarse mediante la red de anomalías estelares: heridas antiguas abiertas en el tejido del Eternum, puertas que permiten cruzar lo que de otro modo exigiría generaciones.
Y esas puertas tienen un precio.
Un precio humano.
Un exomante.
Un cuerpo encerrado en un sarcófago de tecnología exodita. Una mente obligada a sostener el tránsito. Una existencia consumida para que miles de hombres, soldados, comerciantes, inquisidores y nobles puedan atravesar las estrellas sin pensar demasiado en aquello que hace posible el viaje.
Gurney de Japeto todavía no comprende la verdadera dimensión de ese sacrificio cuando comienza su historia.
Tiene veinticinco años.
Es joven.
Es ingenuo.
Y todavía cree que la historia puede observarse desde una distancia segura.
No tardará en descubrir que en el Neoimperio nadie contempla la historia desde fuera.
Ni siquiera quienes han sido educados para escribirla.
El hijo de Japeto
Gurney no procede de ninguna gran Casa.
No posee sangre ilustre.
No creció entre palacios.
Nació en Japeto, un mundo agrícola cuya importancia para el Neoimperio puede medirse en cosechas, tributos y cargueros.
Para el Imperio, Japeto es una cifra.
Para Gurney fue barro, viento, cebada, arroz y pobreza.
Su familia pertenecía a esa humanidad silenciosa sobre la que se sostienen los imperios: hombres y mujeres que trabajan la tierra para que otros puedan gobernar las estrellas. Su padre tenía las manos endurecidas; su madre conocía demasiado bien el hambre y los impuestos.
A los seis años llegaron los examinadores imperiales.
No buscaban niños.
Buscaban utilidad.
Gurney demostró poseer unas capacidades extraordinarias para la memoria, la observación y el aprendizaje. El Neoimperio decidió que aquellas capacidades no debían desperdiciarse entre cultivos.
Así que lo reclamó.
Fue enviado a Nod, arrancado de su familia y educado en la Ciudadela de la Orden de Escribas y Cronistas. Allí aprendió a hablar de guerras sin temblar, a registrar ciudades destruidas sin derramar una lágrima y a esconder su origen humilde entre hijos de comerciantes, funcionarios y familias que podían comprar aquello que él solo podía conseguir mediante esfuerzo.
Su talento terminó llevándolo al rango de cronista de nivel tres a los veinticinco años.
No era mucho.
Pero para el hijo de unos agricultores de Japeto era casi imposible.
Y entonces llegó Hiperión.
«Iré, registraré, volveré»
La misión parecía sencilla.
Viajar hasta Hiperión, en Evan-Dagán, y documentar unos trabajos arqueológicos en un mundo conquistado dos siglos antes.
Eso era todo.
Un cronista.
Una excavación.
Un informe.
Gurney dejó escrito antes de partir:
Iré, registraré, volveré.
Probablemente ninguna frase resume mejor al hombre que era entonces.
Porque Gurney todavía creía que los viajes tenían principio y final.
Todavía creía que regresar significaba volver a ser quien había partido.
Hiperión demostraría que estaba equivocado.
Antes de abandonar Nod, Gurney contempla también la verdadera naturaleza de la capital imperial: un planeta devorado por su propia ciudad, kilómetros de estructuras superpuestas, barrios enterrados bajo otros barrios y, en medio de aquella inmensidad artificial, los Palacios Neoimperiales conservando más de dos mil kilómetros cuadrados de jardines y lagos tras murallas ciclópeas.
El contraste resulta brutal.
La naturaleza no ha desaparecido de Nod.
Ha sido reservada para quienes gobiernan.
Y Gurney asciende desde aquel mundo-ciudad hacia el espacio sin comprender todavía que está abandonando algo más que Nod.
Está abandonando su antigua vida.
El precio de viajar entre las estrellas
Durante su ascenso al espacio-puerto Norte aparece una de las verdades más terribles de El Cronista.
Las anomalías estelares permiten atravesar las distancias imposibles del Eternum.
Pero ya no se abren para cualquiera.
Desde los acontecimientos vinculados a Clea, Temis y Mefisto, atravesarlas exige navegantes exomantes y tecnología exodita.
En el interior de las grandes astronaves existe, por tanto, algo que los viajeros rara vez contemplan.
Un sarcófago.
Y dentro de él, un ser humano.
Un exomante conectado al tránsito.
Un cuerpo.
Una mente.
Un sacrificio sostenido.
Este detalle no es simplemente una peculiaridad tecnológica del Continuus Nexus.
Es una de las imágenes más oscuras del Neoimperio.
Una civilización capaz de cubrir mundos enteros con ciudades, levantar diez mil legiones y gobernar sistemas innumerables continúa dependiendo del sufrimiento silencioso de individuos convertidos prácticamente en infraestructura.
Los exomantes permiten que el Imperio exista a escala estelar.
Y su recompensa es ser consumidos para mantener abiertas sus rutas.
Gurney aún no sabe que su propio viaje acabará convirtiéndolo también en una pieza dentro de mecanismos mucho mayores que él.
Las Hermanas Oscuras
En el hangar 10191 lo esperan las Hermanas Oscuras.
Y allí termina definitivamente cualquier apariencia de viaje ordinario.
Las Hermanas son Kurgán femeninas al servicio del Hegemón. Altas, poderosas, perturbadoras y envueltas en armaduras negras de metal Exo, pertenecen a una estirpe cuya historia se remonta a guerras anteriores a la consolidación del Neoimperio.
Entre ellas se encuentra Calypso.
Y Gurney comprende de inmediato que está entrando en un mundo para el que ninguna biblioteca podía haberlo preparado.
La astronave de las Hermanas Oscuras es estrecha, sombría, orgánica en su iluminación rojiza. No parece construida para transportar pasajeros, sino para contenerlos.
Entonces la nave penetra en la red de anomalías.
Gurney siente cómo algo estira su conciencia.
Escucha a Temis.
Escucha las carcajadas de Mefisto.
Y en medio de aquel tránsito aparece Calypso.
Lo que ocurre entre ambos no es una historia de amor.
Tampoco puede reducirse a una relación sexual.
Es sometimiento.
Sangre.
Deseo.
Dominio.
Calypso bebe de Gurney y le ofrece después su propia sangre. Él cede. Entre los dos se establece un vínculo oscuro que la novela describe como algo espiritual e irreversible, una unión que supera la voluntad consciente del joven cronista. Después llega la entrega física, confundiendo en Gurney placer, posesión, miedo y deseo hasta que ya no sabe dónde termina uno y empieza el otro.
Cuando despierta, está solo.
Pero tiene dos marcas en el cuello.
Calypso ha desaparecido.
Y, sin embargo, Gurney comprende que ya no se ha ido realmente.
Una parte de ella permanece dentro de él.
Ese es el primer sacrificio de Gurney.
No ofrece todavía su vida.
Ofrece algo quizá más íntimo.
La propiedad de sí mismo.
Hiperión
La nave lo abandona en mitad del desierto.
Sin escolta.
Sin campamento.
Sin instrucciones.
Solo.
Hiperión es un cadáver planetario.
Dos soles pálidos iluminan una superficie castigada dos siglos atrás por el Neoimperio. Allí había existido una civilización humana regida por exomantes vinculados al culto Estirpe. Cuando se negó a someterse, dos legiones de los Diez Mil y fuerzas Andalore destruyeron su armada y arrasaron sus ciudades.
El planeta no fue ocupado después.
Fue abandonado deliberadamente.
Convertido en advertencia.
Y en aquel mundo muerto dejan caer a Gurney.
Durante la noche, algo se mueve bajo la arena.
Un Buceador de las Arenas destruye su refugio.
Gurney huye prácticamente sin equipo, atraviesa la oscuridad, se hiere, sufre el frío y acaba escondido en una grieta de roca, escuchando el desierto y preguntándose si volverá a ver el amanecer.
El amanecer no trae salvación.
Trae calor.
Sed.
Dolor.
Camina durante horas bajo dos soles, recordando Japeto, a sus padres, la Ciudadela y a Calypso. Sus pies terminan destrozados. El agua desaparece. Finalmente cae inconsciente junto a un promontorio de piedra.
Pensando en su hogar.
Pensando en la mujer que lo ha marcado.
Esperando morir.
Mónica y Santino
Gurney vuelve a la conciencia gracias al agua.
La mujer que se inclina sobre él se llama Mónica.
Es una Hermana del Camino.
A pocos metros espera Santino, un Maestro Inquisidor Neffut-Kurgán cuya sola presencia bastaría para explicar por qué nadie sensato discute las órdenes de la Cofradía.
Ellos debían recibirlo.
Las Hermanas Oscuras lo habían abandonado en el lugar equivocado y habían comunicado su posición demasiado tarde.
Santino siguió su rastro.
Mónica consiguió mantenerlo con vida.
Habían pasado un día buscándolo.
Pero Hiperión todavía no ha terminado con Gurney.
En el campamento conoce al Maestro de Maná Lázaro y a los mercenarios Andalore contratados para proteger las excavaciones.
Allí descubre también que su presencia no es accidental.
Ha sido enviado directamente para documentar aquello que encuentren.
Gurney no es simplemente un funcionario.
Es el testigo que el poder necesita.
Tal vez incluso el garante de una verdad que todavía nadie conoce.
Una segunda seducción
Mónica ejerce sobre Gurney una influencia muy distinta a la de Calypso.
Calypso fue violencia, oscuridad y posesión.
Mónica es sutileza.
Conocimiento.
Proximidad.
Gurney es todavía un muchacho extraordinariamente ingenuo en muchos aspectos de la vida, y Mónica lo sabe.
La Hermana del Camino comprende el comportamiento humano como una ciencia. Sabe cómo aproximarse, cuándo retirarse, cómo utilizar presencia, química, deseo y confianza.
Gurney rompe junto a ella su voto de celibato.
Y no ocurre una sola vez.
La consecuencia va mucho más allá del sexo.
Mónica comienza a influir en aquello que el cronista escribe.
Cuando descubre que Gurney registra cuanto sucede, le pregunta qué piensa dejar constancia.
Por primera vez desde que ingresó en la Orden, Gurney comprende que puede estar modificando su relato para proteger a alguien que desea.
El cronista encargado de conservar la verdad comienza a preguntarse si su propia mirada continúa siendo limpia.
Ese es otro de los grandes golpes de la novela.
La corrupción de Gurney no comienza mediante oro, amenazas o poder.
Comienza mediante afecto, deseo y vergüenza.
La Semilla bajo la arena
Entonces encuentran el sarcófago.
Dentro no hay ningún cadáver.
Hay un hexágono de metal Exo.
Una Semilla Genética.
Un vestigio de Dave de Orión relacionado con los procesos genéticos que, siglos atrás, participaron en los acontecimientos que condujeron al nacimiento del Primer Nimrod.
Su importancia es incalculable.
Un nuevo portador de aquella herencia podría convertirse en un nuevo Mesías Genético.
Y un nuevo Mesías significaría algo mucho peor que una rebelión.
Significaría una legitimidad rival.
Una nueva sangre capaz de reclamar aquello sobre lo que los Nimrod han construido su autoridad.
Una guerra religiosa.
Una guerra genética.
Una guerra por el derecho mismo a gobernar el Eternum.
Entonces los Andalore abren fuego.
Gurney recibe un disparo.
Mónica cae.
Lázaro se lleva la Semilla.
Y el campamento entero se convierte en una operación cuidadosamente preparada.
Gurney queda tendido sobre la arena.
Vivo.
Y eso resulta más aterrador que estar muerto.
Porque el disparo estaba diseñado para incapacitarlo.
No para matarlo.
Vanguardia VIII
Santino lo rescata.
La persecución conduce hasta Vanguardia VIII.
Allí descubren que ya no están persiguiendo a un grupo de traidores.
En torno al planeta espera una fuerza equivalente a dos legiones.
Naves Andalore.
Naves Crepusculares.
Defensas orbitales.
Una alianza herética desplegada abiertamente alrededor del lugar donde pretenden llevar la Semilla.
Gurney y Santino no pueden combatirla.
Tampoco pueden regresar al Neoimperio.
Los refuerzos tardarían demasiado.
Si el Urushdaur concluye antes de su llegada, el nuevo Mesías habrá nacido.
Así que Santino propone una opción que roza el suicidio.
Ir hacia el Oeste.
Hacia territorio Exodita.
Hacia una región en la que los humanos no son bienvenidos.
Gurney comprende perfectamente lo que significa.
Cruzar esa frontera puede suponer la muerte.
No cruzarla puede condenar al Neoimperio.
Y el joven cronista acepta.
Ese es otro sacrificio.
Esta vez consciente.
El juicio de los Primigenios
En el Poniente encuentran un Explorador Oscuro.
Una nave exodita tan inmensa y antigua que la astronave inquisitorial parece un insecto frente a ella.
No detectan su llegada.
Simplemente aparece.
Porque los Exoditas no necesitan aproximarse de la manera en que lo hacen los hombres.
El Explorador abre una compuerta.
Una invitación.
Gurney y Santino abandonan su nave, atraviesan el vacío y penetran en un artefacto cuya geometría parece modificar el espacio y el tiempo.
Dentro, Gurney es separado del Inquisidor.
Y entonces comparece ante los Primigenios.
Nueve figuras exoditas.
Más antiguas que los guardianes de Nimrod.
Más próximas a la fuente.
Y un Avatar que no habla mediante sonidos.
Habla dentro de su mente.
Los Primigenios leen a Gurney.
Sus recuerdos.
Sus dudas.
Sus deseos.
Su miedo.
Lo pesan.
Y lo consideran digno de continuar vivo.
Ante ellos se revela además una verdad todavía más oscura sobre las anomalías estelares.
La red por la que viajan los hombres no es simplemente un sistema de transporte.
Es un umbral.
Una herida.
El Ojo del Khaos y la Vorágine del Khabal aparecen vinculados a un ciclo de almas transportadas, recicladas y sometidas a mecanismos que la humanidad apenas comprende.
Aquí adquiere toda su dimensión el destino de los exomantes.
El Neoimperio cree utilizar una red.
Los Exoditas saben que los hombres atraviesan algo mucho más terrible.
Y mientras las grandes casas imperiales discuten sobre poder, fronteras y doctrina, alguien continúa siendo encerrado en cada sarcófago para mantener abierto el camino.
El cronista que convenció al Poniente
Los Primigenios no tienen ningún interés especial en salvar a los Nimrod.
Las guerras humanas son guerras humanas.
Pero Gurney comprende algo.
Si la nueva Semilla origina un poder unido al Khabal, ese imperio terminará avanzando hacia el Oeste.
Hacia ellos.
Hacia sus territorios.
Y por primera vez los Primigenios guardan silencio.
No porque Gurney los haya conmovido.
Porque su argumento tiene lógica.
La intervención llega.
Tres Exploradores Oscuros aparecen en Vanguardia VIII.
Frente a ellos espera una fuerza equivalente a dos legiones.
La batalla dura poco.
Miles de drones Exoditas descienden sobre la flota enemiga. Los cruceros Andalore son abiertos. Las naves Crepusculares arden. Las defensas planetarias son desintegradas.
Aquello no parece una victoria militar.
Parece una corrección.
Pero los Exoditas se detienen.
En la superficie hay una Semilla activa.
El linaje de Sael no puede tocarla.
Gurney y Santino tendrán que terminar el trabajo.
Elegido
Gurney cruza el Exoportal.
Cuando aparece sobre Vanguardia VIII descubre algo en su mano.
Un Exobastón.
No lo llevaba antes.
Su metal está frío.
Sobre él pulsa un fulgor azul.
No verde.
No rojo.
Azul.
El arma responde a Gurney.
La siente natural.
Santino lo comprende antes que él.
Los Exoditas lo han elegido.
Esto es importante.
Gurney no se convierte súbitamente en un «superhéroe».
Ni la novela afirma simplemente que haya descubierto que siempre fue un poderoso exomante oculto.
Lo inquietante es otra cosa.
El Exo lo reconoce.
Algo muchísimo más antiguo que el Neoimperio ha decidido poner en sus manos un instrumento que responde a él.
El hombre que debía escribir la historia recibe ahora el poder necesario para intervenir en ella.
La verdad sobre Mónica
En la fortaleza encuentra primero a Lázaro.
El supuesto Mordus resulta ser Colectivista.
Muere devorado por los propios Exorkun que aquella conspiración había utilizado.
Y entonces Gurney descubre a la verdadera arquitecta del desastre.
Mónica.
La mujer que lo salvó.
La mujer que compartió su lecho.
La mujer en cuya sonrisa comenzó a confiar.
Hiperión había sido solo el principio.
Lázaro había sido útil.
Los Andalore, previsibles.
Los Crepusculares, arrogantes.
Todos pensaban que iban a utilizar la Semilla.
Mónica pretendía utilizar a todos ellos.
Su objetivo no era servir a un Mesías.
Era apropiarse de aquello que la Semilla podía ofrecer.
Convertirse en algo comparable a Dave de Orión.
Pero sin sus cadenas.
Y Gurney descubre entonces que él también había sido necesario para el plan.
Mónica lo necesitaba cerca.
Lo había seducido.
Lo había manipulado.
Había condicionado incluso aquello que estaba dispuesto a escribir.
Gurney, el observador, había sido una pieza más.
Pero ya no es el muchacho que salió de Japeto.
Ni siquiera es el joven que llegó a Hiperión.
La elección
Mónica somete a Santino.
El Maestro Inquisidor cae de rodillas bajo una fuerza que no puede combatir.
La Semilla late.
El nacimiento de un nuevo Mesías está a punto de completarse.
Y entonces Gurney avanza.
No sabe manejar el Exobastón.
No ha sido formado como guerrero.
No comprende por qué el arma lo acepta.
Pero actúa.
El bastón responde antes que su pensamiento.
La hoja Exo atraviesa a Mónica y divide su cuerpo.
La mujer que lo sedujo.
La mujer que lo manipuló.
La mujer por la que había comprometido su propia mirada como cronista.
Cae ante él.
Santino termina después con aquello que queda.
La Semilla deja de latir.
El nacimiento se ha abortado.
Durante unos instantes el Eternum había estado a un solo latido de contemplar otro Mesías Genético.
Y el hombre que lo ha impedido no era un emperador.
No era un general.
No era un inquisidor.
Era un cronista de nivel tres nacido entre arrozales y cebada.
El sacrificio de Gurney
Cuando todo termina, Santino observa al joven.
Gurney afirma que él no es nadie.
La respuesta del Inquisidor resume toda la novela:
«Eso creías».
Porque El Cronista no cuenta simplemente una conspiración.
Cuenta la destrucción de una inocencia.
Gurney pierde, una tras otra, todas las certezas con las que salió de Nod.
Pierde la seguridad de su formación.
Pierde el dominio sobre su deseo.
Pierde su castidad.
Pierde la pureza de su relato.
Pierde la confianza en quienes lo rodean.
Pierde incluso la certeza de comprender qué es realmente el Eternum.
Calypso lo somete.
Mónica lo seduce y lo manipula.
Lázaro lo utiliza.
El Hegemón lo envía como testigo.
Santino lo arrastra hacia una misión suicida.
Los Primigenios leen su mente y finalmente lo eligen.
Todo el mundo parece querer algo de Gurney.
Hasta que, al final, Gurney elige también.
Mata.
Decide.
Interviene.
Y esa elección destruye definitivamente al muchacho que abandonó la Ciudadela.
La propia novela lo expresa con claridad: ya no era el joven ingenuo que había salido de Nod. Había matado, había sido manipulado, había deseado, había cedido y finalmente había elegido.
Ese es su verdadero sacrificio.
Gurney sobrevive.
Pero el hombre que regrese jamás podrá ser el mismo.
El triste destino de los exomantes
Y detrás de toda su historia permanece la imagen de los exomantes.
Los seres humanos que hacen posible que el Eternum permanezca unido.
Encerrados en sarcófagos.
Consumidos en las anomalías.
Convertidos en herramientas de navegación para una civilización que necesita sus dones, pero no necesariamente sus vidas.
Hay una amarga simetría entre ellos y Gurney.
Los exomantes son utilizados porque poseen algo que el Imperio necesita.
Gurney también.
Ellos permiten atravesar el espacio.
Él termina permitiendo atravesar una crisis que podría haber incendiado cuadernas enteras.
Ellos son sacrificados para mantener las rutas abiertas.
Gurney sacrifica su inocencia, su seguridad y una parte de sí mismo para impedir el nacimiento de otro Mesías.
El Neoimperio sobrevive.
La Semilla muere.
Vanguardia VIII queda rodeada por los restos de una flota destruida.
Y Gurney contempla aquello que queda de Mónica sabiendo que tendrá que regresar a Nod y escribirlo.
Explicar a Jared.
Explicar al Hegemón.
Explicar que los Exoditas intervinieron.
Explicar que estuvo ante los Primigenios.
Explicar que un arma Exo lo eligió.
Explicar que mató a la mujer que había compartido su cama.
¿Cómo convertir todo aquello en una crónica?
Esa es quizá la última crueldad de El Cronista.
Gurney no puede limitarse a sobrevivir.
Tiene que recordarlo.
Tiene que escribirlo.
Porque esa es su condena.
Y también su oficio.
El muchacho que salió de Japeto creyendo que la historia era algo que otros hombres hacían terminó cubierto de sangre en las ruinas de Vanguardia VIII, sosteniendo un Exobastón que no comprendía y contemplando las consecuencias de una elección que había cambiado el destino del Neoimperio.
Había salido para escribir la historia.
Regresaría habiéndose convertido en parte de ella.
Y en el Eternum eso puede ser una gloria.
Pero casi siempre es también una maldición.
