En el Neoimperio de La guerra de los Mil Tronos, pocas figuras despiertan una mezcla tan incómoda de reverencia, temor y desconfianza como Dante, el Maestro Exorcista. Para quienes conocen únicamente su posición en la Ciudadela de Nod, podría parecer uno de esos hombres que nacieron destinados al poder: un erudito rodeado de códices prohibidos, un especialista en las manifestaciones del Khabal, un consejero cuya voz llega hasta el Hegemón y, al mismo tiempo, un almirante capaz de dirigir fuerzas imperiales hacia los límites más peligrosos de Ekron-Dagán.
La verdad es muy distinta.
Dante comenzó siendo cronista.
No un guerrero de élite, un Vhaxar ni un Inquisidor criado entre rituales de purificación, sino un hombre destinado a observar, registrar y preservar aquello que otros hombres hacían. Pertenecía al capítulo fundado por San Gurney de Japeto, el legendario Cronista cuya memoria continuaba impregnando el oficio miles de años después de su sacrificio.
Todo cambió en la Luna de Sangre.
Dante entró en aquella campaña como cronista y salió de ella convertido en otra cosa. Allí conoció la corrupción del Khabal desde dentro, escuchó sus voces, vio a hombres transformarse en monstruos y descubrió que dentro de su propia sangre existía una resonancia Exo que ni él mismo conocía. Sobrevivió cuando casi todos los demás murieron y fue quien comprendió que aquel mundo no debía conquistarse, estudiarse ni purificarse.
Debía ser destruido.
Diez años después, el antiguo cronista es conocido como Maestro Exorcista.
Y todavía está descendiendo hacia lugares donde otros hombres se niegan a mirar.
Quién es Dante en La guerra de los Mil Tronos
Dante es uno de los grandes especialistas del Neoimperio en fenómenos relacionados con el Khabal, las posesiones, los Arcontes, los cultos demoníacos y determinadas tecnologías o reliquias asociadas a esas amenazas.
Su autoridad no procede exclusivamente de la Iglesia de Nimrod.
Tampoco es solamente académica.
Dante ha estado allí.
Ha sobrevivido a una de las manifestaciones más aterradoras del Khabal conocidas por el Neoimperio y ha dedicado los diez años posteriores a estudiar aquello que intentó destruirlo.
Esa combinación entre experiencia, conocimiento y capacidad militar explica su posición excepcional.
Es Maestro Exorcista.
Pero también es Almirante del Hegemón.
La sotana y el uniforme pertenecen al mismo hombre.
Antes del Maestro Exorcista hubo un cronista
El origen de Dante resulta especialmente importante porque establece un paralelismo con otro personaje fundamental del Continuus Nexus.
Antes de convertirse en exorcista, Dante fue cronista de grado tres.
Pertenecía al capítulo fundado por San Gurney de Japeto, cuyo legado había adquirido un carácter casi sagrado dentro del Neoimperio.
Gurney había demostrado que registrar la historia no consistía únicamente en escribir aquello que los poderosos deseaban conservar. Un cronista podía convertirse en mediador, testigo, instrumento político y, llegado el momento, sacrificio.
Dante procede de esa tradición.
Su formación inicial no estaba diseñada para convertirlo en asesino de demonios.
Estaba destinada a enseñarle a observar.
Y quizá precisamente por eso sobrevivió.
El legado de San Gurney de Japeto
La relación de Dante con Gurney no es la de maestro y discípulo directos.
Miles de años los separan.
Dante pertenece al capítulo fundado en torno a su memoria y a su doctrina.
Sin embargo, ese vínculo importa porque ayuda a comprender su manera de enfrentarse posteriormente al Khabal.
El cronista no debe limitarse a mirar aquello que ocurre.
Debe comprenderlo.
Clasificarlo.
Relacionarlo con el pasado.
Separar mito y hecho.
Y, cuando el relato oficial resulta insuficiente, buscar detrás de él.
En Dante, esa disciplina terminará transformándose en obsesión.
El hombre que había aprendido a estudiar la historia acabará estudiando demonios.
La misión que cambió su vida
Diez años antes de los acontecimientos de Naraka, Dante fue enviado junto con una legión imperial hacia los confines orientales de Ekron-Dagán, cerca de regiones vinculadas al Khabal.
La misión parecía inicialmente relacionada con un descubrimiento de enorme importancia estratégica.
En torno a un gigante gaseoso orbitaba una luna extraordinaria.
Las sondas habían detectado grandes cantidades de Bexpar, mineral energético demasiado valioso como para que el Neoimperio ignorara el hallazgo.
Pero había algo más.
La superficie de aquella luna contenía mares.
Mares de sangre hirviente.
No una sustancia que simplemente se pareciera a la sangre.
Sangre.
La misión dejó de ser una operación minera antes siquiera de que sus integrantes comprendieran dónde habían aterrizado.
La Legión Luna de Sangre
El Vhaxar que comandaba aquella fuerza era Belisario.
La naturaleza del descubrimiento resultó tan extraordinaria que la legión terminó adoptando un nuevo nombre:
Legión Luna de Sangre.
El nombre anterior acabaría olvidado.
El nuevo sobreviviría.
Dante acompañaba a la fuerza como cronista. Su cometido consistía en registrar aquello que encontraran, documentar la campaña y conservar para el Neoimperio un relato de acontecimientos ocurridos en una región donde el conocimiento fiable era escaso.
La historia le reservaba otra función.
El descenso en vainas-misil
Las condiciones gravitacionales del gigante gaseoso impedían una inserción convencional.
No podían utilizarse lanzaderas normales con seguridad.
La legión descendió mediante vainas-misil.
Cilindros blindados cargados con operativos, instrumentos y sistemas de supervivencia atravesaron la atmósfera turbulenta hasta impactar violentamente contra la superficie.
Dante viajaba en la tercera oleada.
La operación produjo bajas antes incluso de que el enemigo se mostrara. Algunos hombres murieron durante la desaceleración; otros sufrieron heridas internas o fracturas incapacitantes.
El cronista sobrevivió.
La verdadera batalla todavía no había empezado.
Los mares de sangre
Los análisis confirmaron aquello que las sondas habían detectado.
Hemoglobina alterada.
Componentes orgánicos desconocidos.
Cantidades monstruosas de materia sanguínea mantenidas a temperaturas imposibles.
Durante las primeras horas no ocurrió nada.
La atmósfera podía filtrarse.
La superficie era estable.
Las bases provisionales fueron desplegadas.
Los científicos trabajaron.
Y Dante hizo aquello para lo que había sido enviado.
Observó.
Registró.
Esperó.
El Khabal también.
La luna empezó a latir
La primera señal no llegó mediante un ataque.
Los sensores gravitacionales comenzaron a detectar pulsos regulares bajo la superficie.
No parecían fenómenos naturales.
Poseían ritmo.
Periodicidad.
Orden.
Como si algo gigantesco latiera dentro de la luna.
Aquello condujo a una conclusión aterradora.
El satélite no era un mundo natural.
Era una estructura.
Una construcción artificial diseñada con un propósito que los hombres de Belisario todavía no comprendían.
Pronto lo descubrirían.
Era una trampa.
El Khabal no necesitaba atacar desde fuera
Los primeros síntomas aparecieron lentamente.
Insomnio.
Irritabilidad.
Sueños violentos.
Susurros junto a los mares.
Paranoia.
Deseos que parecían ajenos y, al mismo tiempo, demasiado íntimos.
Un soldado atacó a otro por una conspiración inexistente. Algunos miembros de la expedición empezaron a escuchar voces. La sangre de ciertos afectados adquirió tonalidades cada vez más oscuras.
Entonces comenzaron las transformaciones.
Los hombres se volvieron contra sus compañeros.
Los cuerpos cambiaron.
La disciplina empezó a derrumbarse.
El enemigo no había desembarcado.
Ya estaba dentro.
Dante escuchó las voces
Dante tampoco permaneció inmune.
Las escuchó.
El Khabal no intentaba conquistar únicamente mediante dolor.
Prometía.
Sangre.
Placer.
Poder.
La desaparición de los límites.
Aquello que cada persona ocultaba en su interior parecía amplificarse hasta convertirse en una puerta.
La luna no creaba necesariamente una personalidad nueva.
Encontraba grietas.
Las abría.
Y dejaba entrar algo a través de ellas.
El cronista comprendió entonces que registrar la corrupción desde una distancia segura era imposible.
Él también estaba dentro del experimento.
Dante comenzó a matar
Cuando la disciplina de la expedición colapsó, Dante dejó de actuar únicamente como cronista.
Tuvo que sobrevivir.
Los antiguos compañeros convertidos por la Plaga atacaban a quienes todavía permanecían humanos.
Dante los mató.
No uno.
Todos aquellos que encontró y que ya habían cruzado el límite.
No fue una victoria heroica.
No hubo gloria.
La Luna de Sangre convirtió a un hombre entrenado para describir la muerte en alguien capaz de provocarla cuando consideraba que ya no existía alternativa.
Ese aprendizaje nunca lo abandonaría.
La resonancia que evitó su caída
Cuando la presión del Khabal estuvo a punto de quebrarlo definitivamente, Dante percibió algo distinto.
Un vínculo.
Un hilo casi imperceptible dentro de su conciencia.
No fue una intervención milagrosa de Nimrod.
El propio relato descarta una lectura tan sencilla.
Era una resonancia genética.
Un eco compartido.
La experiencia reveló que Dante no era únicamente cronista.
Era también un exomante latente.
Aquella afinidad no eliminó la influencia del Khabal ni convirtió a Dante en inmune.
Pero lo sostuvo.
La posesión no llegó a completarse.
Exomante sin saberlo
La revelación modifica profundamente el significado de la supervivencia de Dante.
Había pasado una parte de su vida ignorando que portaba una herencia capaz de responder ante estructuras y fenómenos que excedían la experiencia humana ordinaria.
La Luna de Sangre despertó algo que permanecía dormido.
Dante salió de allí con una comprensión nueva de sí mismo y del enemigo.
La corrupción podía encontrar caminos a través de la sangre.
Pero la sangre también podía contener defensas.
A partir de entonces, genética, espiritualidad, tecnología Exo y posesión dejarían de ser para él asuntos separados.
Formaban parte de la misma guerra.
El único que regresó
Cuando la situación se volvió insostenible, Belisario ordenó la evacuación.
Las comunicaciones estaban colapsando.
Las señales de auxilio se mezclaban con mensajes incoherentes.
Las sondas mostraban movimientos de criaturas donde antes habían estado los campamentos.
La legión intentó extraer a los supervivientes.
Solo una cápsula regresó desde la superficie.
Dentro estaba Dante.
El cronista había descendido junto con una legión.
Volvía solo.
Dante comprendió qué debía hacerse
Mientras la batalla se extendía hacia la órbita y aparecían fuerzas demoníacas, Belisario necesitaba tomar una decisión.
Intentar recuperar la luna significaba prolongar una guerra que podía consumir nuevas legiones.
Dante ofreció otra respuesta.
No había que conquistarla.
No había que purificarla.
No había que estudiar su núcleo.
Había que destruirla.
Belisario aceptó.
Todos los misiles cuánticos disponibles fueron dirigidos contra la estructura lunar.
La Luna de Sangre fue fragmentada.
La destrucción de la Luna de Sangre
Con la destrucción del núcleo artificial, la presión ejercida por las fuerzas demoníacas empezó a disminuir.
La batalla continuó durante algún tiempo.
Pero el equilibrio había cambiado.
Las legiones del Hegemón terminaron prevaleciendo.
La campaña se convirtió posteriormente en victoria imperial.
Sin embargo, para Dante nunca podía reducirse a un triunfo militar.
Había visto demasiadas cosas.
Había aprendido que un mundo entero podía ser un mecanismo de posesión.
Que un ejército podía destruirse desde dentro.
Que el Khabal podía utilizar deseos, recuerdos y sangre como armas.
Y que la doctrina existente no bastaba para responder a determinadas amenazas.
Del cronista al Maestro Exorcista
Después de la batalla, Dante fue conducido ante el Maestre de la Ciudadela.
No como acusado.
Como testigo.
Lo que había ocurrido en la Luna de Sangre era demasiado importante para quedar encerrado en un informe ordinario.
A partir de aquel momento dejó de ser solamente cronista.
Su experiencia, su supervivencia, su condición latente de exomante y su comprensión de los mecanismos de corrupción del Khabal terminaron convirtiéndolo en una autoridad especializada.
Nació así la figura que, una década después, todos conocen simplemente como:
el Maestro Exorcista.
Qué significa ser Maestro Exorcista
El título no debe interpretarse como equivalente a un sacerdote que practica rituales convencionales sobre individuos poseídos.
El trabajo de Dante se desarrolla a una escala mucho mayor.
Estudia reliquias del Khabal.
Analiza cultos.
Examina linajes.
Consulta documentos prohibidos.
Compara casos históricos.
Interpreta tecnologías que pueden tener relación con antiguas fuerzas demoníacas.
Y, cuando resulta necesario, participa directamente en operaciones militares.
Su despacho en la Ciudadela resume perfectamente esa función.
Está lleno de libros.
Pero también de objetos que la ortodoxia de la Iglesia probablemente preferiría mantener encerrados.
El despacho de Dante en Nod
Dante trabaja en una gran estancia de la Ciudadela del Hegemón en Nod.
La habitación no corresponde a la imagen convencional de una cámara siniestra.
Es amplia y luminosa, con mármol blanco y un enorme ventanal desde el que puede contemplarse la ciudad.
Pero sus estanterías contienen otra historia.
Biopergaminos.
Códices.
Holomatrices.
Cilindros de datos.
Inscripciones Kish.
Fragmentos arqueológicos.
Una máscara ennegrecida.
Incluso representaciones relacionadas con los antiguos Aspectos del Khaos.
Dante guarda cerca aquello que otros preferirían destruir.
Porque considera imposible combatir lo que no se comprende.
El aspecto del Maestro Exorcista
Dante no posee en esta etapa la apariencia de un guerrero sobrehumano.
Es un hombre de más de cincuenta años, alto y fornido, con largas greñas en las que aparecen mechones canos y un bigote igualmente largo mezclado de gris y blanco.
Cuando trabaja en la Ciudadela viste de manera extremadamente sencilla.
Un hábito de lana gris.
Áspero.
Modesto.
Nada en esa vestimenta indica el poder que realmente posee.
La autoridad procede de su presencia y de aquello que sabe.
Sus ojos tampoco tienen un color sobrenatural.
Lo que inquieta es su intensidad.
Cuando Dante observa a alguien, la sensación no es la de estar siendo mirado.
Es la de estar siendo examinado.
El hombre que lee la sangre
Dante ha aprendido a buscar aquello que otras instituciones ignoran.
Puede revisar archivos genéticos y reconocer señales que han escapado a otros especialistas.
Así descubre, por ejemplo, la condición latente de Teseo, el joven cronista convocado a la Ciudadela.
Teseo había aprendido a esconder cualquier manifestación que pudiera señalarlo como exomante, temiendo terminar reducido a instrumento de navegación para el Neoimperio.
Dante ve más allá de esa máscara.
Reconoce lo que el muchacho es.
Y comprende también por qué su familia intentó protegerlo mediante el conocimiento.
Para Dante, la genética no es simple medicina.
Es historia.
Arma.
Condena.
Y, en algunos casos, escudo.
Dante y Wotan Daneron
La posición real del Maestro Exorcista queda demostrada cuando Wotan Daneron, Mano del Emperador, acude personalmente a su despacho.
Wotan no visita a un académico irrelevante.
Llega porque el plan de Dante ha alcanzado al propio Hegemón.
El Exodita habría preferido desplegar legiones.
Dante recomienda lo contrario.
Considera que una movilización militar demasiado visible revelaría que el Neoimperio busca algo extraordinariamente importante y provocaría la intervención de otros poderes.
Wotan escucha.
El Hegemón acepta el criterio de Dante.
Pocos hombres del Neoimperio pueden sostener una conversación semejante con la Mano del Emperador.
Menos todavía consiguen que su plan prevalezca.
Dante también es Almirante del Hegemón
La segunda naturaleza institucional de Dante se revela durante el viaje en el Aqueronte.
Entonces abandona el hábito gris y aparece con un uniforme azul marino de corte antiguo, ribetes dorados, insignias imperiales y gorra de plato.
El cambio no es meramente estético.
Expone una verdad poco conocida fuera de determinados círculos:
el Maestro Exorcista es también Almirante del Hegemón.
Dante no asesora a quienes combaten contra el Khabal.
Puede mandar las fuerzas que realizan ese combate.
El erudito y el militar son la misma persona.
Una doble autoridad excepcional
Esta acumulación de funciones explica buena parte del peligro que representa Dante incluso cuando actúa con plena lealtad al Neoimperio.
Puede detectar una amenaza.
Interpretarla.
Clasificarla doctrinalmente.
Diseñar una respuesta.
Y disponer de autoridad militar para perseguirla.
En cualquier sistema político, semejante concentración de conocimiento y fuerza sería inquietante.
En el Neoimperio lo es todavía más.
Porque Dante considera que algunas amenazas son tan graves que la vacilación moral puede convertirse en una forma de complicidad.
La Luna de Sangre le enseñó esa lección mediante cadáveres.
Ragnar y la ortodoxia inquisitorial
En su expedición hacia Naraka, Dante viaja acompañado por Ragnar, Maestro Inquisidor Kurgán.
La diferencia entre ambos es significativa.
Ragnar representa una forma más tradicional de autoridad inquisitorial.
Posee doctrina.
Disciplina.
Jerarquía.
Su condición Kurgán-Neffut lo hace además físicamente distinto del viejo cronista humano.
Dante posee otra clase de peligro.
Es más flexible.
Está dispuesto a estudiar sistemas heréticos.
Puede colaborar temporalmente con grupos que Ragnar desprecia.
Y comprende que algunas guerras no se ganan únicamente manteniendo pureza doctrinal.
A veces hay que utilizar aquello que se considera impuro.
Prana 72 y los Simonitas
El camino hacia Naraka lleva al grupo a Prana 72, sistema relacionado con el Sindicato Martel pero administrado mediante un pequeño clan simonita.
Los Simonitas sostienen una doctrina que la Iglesia de Nimrod considera herética: la posibilidad de perpetuar la conciencia humana mediante metal y tecnología, aunque sus procedimientos sean imitaciones imperfectas de la verdadera trascendencia Exodita.
Ragnar los desprecia.
Dante no necesita compartir su doctrina para reconocer su utilidad.
Él recuerda además el papel histórico de los Simonitas durante la Natividad y comprende que incluso una herejía puede conservar conocimientos útiles.
Esa forma de pensar lo separa de los fanáticos ordinarios.
Rya, Carmen y Morfeo
La expedición que Dante está preparando requiere individuos procedentes de tradiciones muy diferentes.
Carmen, Hermana del Camino, aporta experiencia con infiltraciones Igigi y conocimiento biológico.
Morfeo, arqueólogo Kheb, resulta necesario pese a la vieja rivalidad entre su linaje y otros poderes implicados.
Ragnar representa la fuerza inquisitorial.
Teseo aporta la condición de cronista y una herencia Exo que Dante ha reconocido antes incluso que el propio muchacho comprenda sus consecuencias.
Rya, establecida entre los Simonitas, participa en las negociaciones y contactos del sector.
Dante no los ha reunido por afinidad.
Los ha seleccionado por utilidad.
El objetivo: una de las Doce Espadas Demonio
La misión secreta posee un objetivo concreto.
Dante cree que en Naraka se encuentra una de las Doce Espadas Demonio del Khabal.
No cualquier espada.
Abaddón.
La misma reliquia que, miles de años antes, estuvo vinculada a Kynes el Rōnin durante La senda de las estrellas.
Para el Neoimperio tardío, gran parte de aquella historia ha adquirido categoría legendaria.
Dante, sin embargo, considera que el arma es real.
Y demasiado peligrosa para dejarla abandonada.
La Espada Abaddón
Las historias conservadas sobre la espada son aterradoras.
Se la relaciona con corrupción.
Sangre.
Susurros.
Voluntades quebradas.
Y con la posibilidad de que algo mucho más antiguo habite dentro de ella.
Dante sabe que permitir que una facción del Khabal, una potencia crepuscular o cualquier otro enemigo encuentre primero la reliquia podría alterar el equilibrio regional.
Su conclusión resulta coherente con aquello que aprendió en la Luna de Sangre.
No se espera a que una amenaza se manifieste.
Hay que llegar antes.
Por qué Dante no envía una legión
Carmen propone la opción aparentemente lógica.
Si el objetivo es tan peligroso, el Neoimperio podría movilizar una fuerza masiva.
Dante se niega.
Enviar una legión anunciaría a toda la región que Naraka contiene algo que el Hegemón considera extraordinariamente importante.
Los Martel reaccionarían.
Las facciones crepusculares observarían el movimiento.
Otros poderes todavía desconocidos podrían intervenir.
La misión dejaría de ser arqueológica o exorcista y se convertiría en conflicto regional.
Dante prefiere una fuerza pequeña.
Menos segura.
Pero discreta.
El estratega vuelve a imponerse al fanático.
Naraka
La expedición alcanza finalmente el mundo que contiene aquello que buscan.
Pero, como ocurrió una década antes en la Luna de Sangre, la realidad vuelve a superar la misión.
Dante había viajado hasta allí para controlar una reliquia.
Encuentra una manifestación capaz de destruir por completo las categorías con las que había intentado comprender el peligro.
La espada no es únicamente un artefacto.
Abaddón puede encontrar huésped.
Y el huésped será alguien que Dante había llevado consigo.
Carmen.
Carmen-Abaddón
La transformación de Carmen obliga a Dante a reconocer que se enfrenta a algo muy distinto de una posesión menor.
No ve simplemente una víctima dominada por un espíritu externo.
Identifica una Arconte-Igigi.
Abaddón ejerce dominio, pero Carmen no ha desaparecido por completo.
El Arconte utiliza su voluntad.
Su deseo.
Su rostro.
Su belleza.
Su experiencia.
La posesión no elimina todo aquello que Carmen era.
Lo instrumentaliza.
Para Dante, esta diferencia es decisiva.
Está contemplando un modelo de poder capaz de utilizar al huésped en lugar de limitarse a sustituirlo.
Rya no es simplemente una cautiva
La situación se vuelve todavía más compleja alrededor de Rya.
Dante intenta interpretar su relación con Carmen-Abaddón y llega a una conclusión incómoda.
No puede definirla sencillamente como prisionera.
Existe complicidad.
Deseo.
Miedo.
Lealtad.
Dependencia.
Quizá cautiverio.
Todo simultáneamente.
La experiencia obliga a Dante a abandonar la comodidad moral de las categorías simples.
La corrupción del Khabal puede construirse también mediante vínculos.
No todo esclavo lleva cadenas.
No todo cómplice actúa libremente.
Teseo y el Aqueronte
El segundo gran problema es Teseo.
El joven cronista termina vinculado al sarcófago de navegación del Aqueronte de una manera que Dante no puede clasificar con seguridad.
La nave empieza a responder a él.
O Teseo responde como nave.
La frontera entre piloto, conciencia y astronave deja de estar clara.
Dante se niega a reducir aquello a una etiqueta técnica cómoda.
Ha aprendido demasiado bien que nombrar algo no significa comprenderlo.
El Aqueronte huye.
Y lo hace porque Teseo quiere huir.
La derrota de Naraka
Dante sobrevive de nuevo.
Pero la supervivencia se parece poco a una victoria.
Su cuerpo queda devastado.
Necesita atención médica intensiva.
Pierde sangre.
Sus órganos están dañados.
Los supervivientes llegan a una nave hospitalaria donde médicos Mordus, Inquisidores y cronistas intentan reconstruir lo sucedido.
Dante despierta dentro de lo que él mismo entiende como una derrota.
Carmen-Abaddón ha escapado.
Rya continúa con ella.
Teseo y el Aqueronte también.
Aquello que intentaban impedir acaba de empezar.
La primera declaración de Dante
Gravemente herido, Dante insiste en hablar antes de ser sedado.
Thorben escucha.
El Maestro Exorcista empieza a establecer categorías.
Carmen no está simplemente infectada.
Abaddón domina sin destruir completamente a la huésped.
Rya no puede clasificarse solo como víctima.
Teseo continúa vivo de alguna manera dentro de la relación con el Aqueronte.
Para Dante, todos esos elementos apuntan hacia una conclusión mayor.
No están ante un incidente.
Están ante el nacimiento potencial de una nueva estructura de poder.
«No plaga. Trono»
Uno de los razonamientos más importantes de Dante aparece cuando Thorben describe aquello que ha escapado de Naraka como el posible inicio de una plaga.
Dante lo corrige.
No plaga.
Trono.
La diferencia resume su inteligencia estratégica.
Una plaga se expande.
Un trono organiza.
Carmen-Abaddón posee poder.
Tiene una nave.
Puede reunir tripulación.
Puede crear culto.
Puede obtener botín.
Puede encontrar puerto.
Puede convertir la posesión en soberanía.
Dante comprende antes que muchos otros que la amenaza no consiste simplemente en detener a una mujer poseída.
Hay que impedir que alrededor de ella nazca un reino.
La herida que deja Carmen-Abaddón
Naraka también altera físicamente a Dante de una manera inesperada.
Los médicos detectan en su sistema nervioso una resonancia que no encaja con radiación, toxinas, tecnología Exo ni formas convencionales de contaminación demoníaca.
No hay signos de posesión.
No existe una segunda voz.
No aparecen tejidos ajenos.
Sus ojos no han cambiado.
Pero algo ha quedado.
Una sensibilización relacionada con los patrones de memoria asociados a Carmen-Abaddón.
Dante podría ser capaz de detectar rastros semejantes con una precisión superior a ciertos instrumentos.
El precio puede ser insoportable.
Dante puede convertirse en rastreador
La posibilidad resulta demasiado útil para que la Cofradía la ignore.
Thorben lo comprende.
Los médicos también.
Dante reacciona con rechazo ante la idea de ser convertido en un simple instrumento de rastreo.
Pero la respuesta que recibe resume perfectamente el mundo al que pertenece:
si es necesario, será algo peor.
La misma institución destinada a combatir la corrupción empieza a considerar utilizar la cicatriz dejada por el Khabal como arma contra el propio Khabal.
La frontera moral vuelve a desplazarse.
La célula Naraka-Aqueronte
Dante solicita entonces acceso a informes, supervivientes, mapas, restos de la expedición y testimonios cruzados.
Quiere formar una célula exorcista de persecución dedicada a comprender y perseguir aquello que ha escapado de Naraka.
Los primeros documentos utilizan una denominación precisa:
Célula de investigación exorcista Naraka-Aqueronte.
Todavía no está constituida.
Pero Dante ya ha decidido qué debe hacer.
No quiere regresar a su despacho y escribir un tratado sobre la derrota.
Quiere transformarla en una guerra.
«La estabilidad murió en Naraka»
Para Dante, Naraka ha demostrado que la política imperial continúa pensando con categorías demasiado pequeñas.
El Hegemón puede buscar estabilidad.
La Iglesia puede buscar ortodoxia.
El Consejo puede proteger competencias.
Los Inquisidores pueden preservar secretos.
Pero una Arconte capaz de construir poder alrededor de una nave consciente no respetará sus procedimientos.
Dante entiende que la catástrofe ha destruido la ilusión de normalidad.
El enemigo ya está en movimiento.
Y las instituciones todavía están redactando informes.
Dante y Thorben
La relación entre Dante y Thorben resulta fundamental en esta etapa.
Thorben no es un subordinado servil.
Es un Maestro Inquisidor Kurgán-Neffut capaz de reconocer tanto la utilidad como el peligro del antiguo cronista.
Protege su testimonio.
Controla la información.
Evita que archivos incompletos provoquen purgas prematuras.
Y al mismo tiempo observa en Dante una evolución que puede terminar convirtiéndose en otro problema.
Entre ambos existe respeto.
Pero no confianza absoluta.
Eso resulta saludable dentro de una institución que trabaja diariamente con posesión, herejía y corrupción.
Conocimiento como escudo
El principio que mejor define a Dante puede resumirse mediante una idea:
comprender antes de destruir.
Eso no significa que sea misericordioso.
La Luna de Sangre demuestra precisamente lo contrario.
Dante está dispuesto a recomendar la destrucción total de un mundo cuando considera que no existe otra solución.
Pero quiere saber por qué debe hacerlo.
Qué está destruyendo.
Cómo funciona.
De dónde procede.
Y cómo reconocerlo si vuelve a aparecer.
Por eso conserva textos prohibidos.
Por eso estudia los Aspectos del Khaos.
Por eso analiza linajes.
Por eso puede tolerar temporalmente a herejes si poseen conocimientos necesarios.
Su arma principal no es una espada.
Es la comprensión.
La contradicción del Maestro Exorcista
Esa virtud contiene también su mayor peligro.
Para comprender el Khabal hay que acercarse.
Leer sus textos.
Examinar sus objetos.
Escuchar a sus víctimas.
Conservar reliquias que otros destruirían.
Estudiar aquello que la ortodoxia considera suficientemente maldito como para no ser contemplado.
Cada nuevo conocimiento permite a Dante combatir mejor.
Pero también lo obliga a mirar durante más tiempo hacia el abismo.
El Maestro Exorcista sabe perfectamente cuál es el riesgo.
Su propia doctrina nace de esa certeza:
ningún exorcismo contra el Khabal comienza fuera.
Empieza dentro del propio corazón.
Dante no es todavía un monstruo
Este punto debe mantenerse con precisión dentro del canon actualmente narrado.
Dante es severo.
Está dispuesto a asumir costes humanos enormes.
Posee una concepción cada vez más instrumental de determinados individuos y linajes.
Su experiencia lo ha endurecido.
Naraka ha aumentado su obsesión.
Pero en los acontecimientos novelados hasta este punto no debe describirse como poseído, servidor del Khabal ni criatura transformada.
Los médicos son explícitos.
No existe posesión.
No existe segunda conciencia.
No existe alteración ocular.
La cicatriz de Naraka es una sensibilización, no una corrupción confirmada.
La diferencia importa.
El peligro de Dante es humano
Precisamente por eso Dante resulta más inquietante.
No necesita un demonio dentro para tomar decisiones terribles.
Puede llegar a ellas mediante lógica.
Experiencia.
Cálculo.
Memoria.
Y la convicción de que ha sobrevivido a cosas que los hombres moderados no comprenden.
La Luna de Sangre le enseñó que vacilar puede matar legiones.
Naraka le enseñó que incluso una misión cuidadosamente preparada puede crear aquello que pretendía evitar.
Cada supervivencia reduce un poco más el espacio que Dante concede a la duda.
Del cronista al cazador de Arcontes
Su recorrido puede entenderse como una transformación en varias etapas.
Primero fue Dante el cronista, formado para observar y conservar la memoria.
Después se convirtió en el superviviente de la Luna de Sangre, obligado a matar a quienes habían sido sus compañeros.
Más tarde emergió Dante, Maestro Exorcista, especialista en las amenazas del Khabal.
Al mismo tiempo se reveló como Almirante del Hegemón, capaz de convertir el conocimiento en estrategia militar.
Y después de Naraka empieza a convertirse en algo todavía más peligroso:
el hombre decidido a perseguir a Carmen-Abaddón aunque para hacerlo tenga que utilizar la propia herida que ella dejó dentro de su sistema nervioso.
Dante dentro de La guerra de los Mil Tronos
Dante representa una dimensión esencial de la saga.
La guerra de los Mil Tronos no se libra únicamente por mundos, rutas, feudos y legitimidades imperiales.
También existe una guerra contra aquello que penetra dentro de las personas.
El Khabal no necesita siempre una flota.
Puede utilizar deseo.
Trauma.
Genética.
Religión.
Amor.
Ambición.
Miedo.
Dante comprende esta clase de guerra porque ha sobrevivido dos veces a ella.
Primero en la Luna de Sangre.
Después en Naraka.
La tercera vez quizá no pueda permitirse limitarse a sobrevivir.
El verdadero enemigo de Dante
A primera vista, el enemigo parece evidente.
Abaddón.
Carmen poseída.
Los cultos del Khabal.
Las Espadas Demonio.
Las entidades capaces de contaminar mundos.
Pero el personaje plantea otra cuestión mucho más incómoda.
¿Cuántas veces puede un hombre descender hasta el infierno para aprender sus reglas antes de empezar a pensar como aquello que combate?
Dante conoce esa pregunta.
No la ignora.
Por eso su doctrina habla del corazón antes que del enemigo.
Sin embargo, conocer el peligro no garantiza evitarlo.
Ese es precisamente el arco que comienza a abrirse tras Naraka.
El hombre de los libros y el almirante
La imagen definitiva de Dante contiene dos figuras que deberían ser incompatibles.
En la Ciudadela viste lana gris y trabaja rodeado de manuscritos.
En el puente de una astronave lleva uniforme azul marino, insignias imperiales y gorra de almirante.
Uno estudia.
El otro ordena.
Uno pregunta qué significa una reliquia.
El otro decide cuántas vidas pueden sacrificarse para impedir que caiga en manos enemigas.
Pero ambos son el mismo hombre.
Y esa unión entre erudición y violencia explica por qué Wotan, el Hegemón, los Inquisidores y los médicos Mordus terminan tomando en serio aquello que dice.
Dante no es peligroso porque posea todas las respuestas.
Es peligroso porque está dispuesto a seguir buscando después de descubrir que algunas respuestas destruyen a quien las encuentra.
El legado de la Luna de Sangre
Muchos años después de aquella campaña, la Luna de Sangre continúa dentro de Dante.
No físicamente.
Como doctrina.
Allí aprendió que un mundo puede mentir.
Que un compañero puede convertirse en enemigo mientras conserva su rostro.
Que la corrupción puede utilizar aquello que una persona desea.
Que determinadas amenazas no deben conquistarse.
Y que a veces la única victoria posible consiste en destruir algo antes de comprenderlo por completo.
Naraka añade una nueva lección.
A veces aquello que destruyes ya ha encontrado una forma de escapar.
Dante y Carmen-Abaddón
La relación entre ambos personajes no debe interpretarse de manera simplista.
Dante no contempla a Carmen únicamente como enemiga.
La observa como problema.
Como huésped.
Como manifestación arcóntica.
Como evidencia de un nuevo tipo de soberanía.
Y, tras Naraka, como resonancia que ha dejado una cicatriz en su propio cuerpo.
Carmen-Abaddón representa para él aquello que ocurre cuando la posesión deja de ser enfermedad y empieza a convertirse en poder político.
Dante es quien entiende esa posibilidad antes de que exista un reino.
Por eso quiere encontrarla.
Antes de que el trono tenga nombre.
El Maestro Exorcista y el futuro del Neoimperio
En la etapa actualmente narrada, Dante ha sobrevivido a Naraka y ha iniciado la construcción de una respuesta institucional.
Todavía permanece vinculado al Hegemón.
Todavía trabaja dentro de la arquitectura neoimperial.
Todavía considera que su misión consiste en proteger ese orden de amenazas que podrían destruirlo desde dentro.
Pero algo ha cambiado.
Antes de Naraka, Dante perseguía una reliquia.
Después de Naraka, persigue una idea.
La posibilidad de que el Khabal aprenda a crear tronos.
Y, para impedirlo, el antiguo cronista está dispuesto a convertirse en el instrumento que el Imperio necesite.
Aunque ese instrumento deba entrar otra vez en el abismo.
Aunque vuelva marcado.
Aunque cada viaje le deje menos espacio para recordar al hombre que, muchos años atrás, descendió a una luna imposible con la única misión de escribir lo que veía.
Aquella misión terminó hace tiempo.
Ahora Dante ya no escribe la guerra.
La dirige.
