La Cofradía de Inquisidores combate herejías, posesiones y amenazas que comprometen la continuidad del Neoimperio. Sus miembros Kurgán usan exoarmaduras negras y ojos rojos en su iconografía canónica.
Ragnar de Hermón representa su vertiente disciplinada y operativa. La Cofradía puede actuar mediante investigación, ejecución o exorcismo, pero necesita colaborar con cronistas y Hermanas cuando la amenaza supera sus protocolos.
Wotan contempla utilizarla en la caza de Salomé, aunque rechaza una movilización visible que revele el miedo del Hegemón. La Cofradía es, por tanto, instrumento de ortodoxia y también recurso político cuyo despliegue comunica una acusación antes de que se pronuncie.
Apariciones y relaciones canónicas
Apariciones principales: El Tercer Sacrificio, La Caza y trasfondo general.
Relaciones conocidas: Ragnar, Dante, Wotan, la Iglesia de Nimrod y las amenazas arcónticas.
Contexto canónico de La Cofradía de Inquisidores
Su superficie ofrecía paisajes de una belleza agreste: dehesas inmensas, colinas tapizadas con un verdor suave como pelaje de animal, y bosques frondosos que se cerraban sobre sí mismos como criptas naturales donde reinaba la penumbra. Sus mares guardaban riquezas silenciosas: corales centelleantes bajo las aguas oscuras y perlas negras, tan raras como preciadas, arrancadas del corazón de los arrecifes. Aun así, la vida económica de aquel mundo benigno, habitado por una escasa población nativa, no giraba en torno a esas riquezas. Lo que le otorgaba verdadero valor eran sus cualidades curativas, un don inscrito en la propia composición de su atmósfera y geología.
Seis mil años estándar atrás, la Cofradía de Inquisidores, conocedora de aquel secreto, declaró el planeta bajo su protección y lo entregó en feudo restringido a las Hermanas del Camino. Esta sociedad femenina era la contrapartida de los Inquisidores, y durante milenios sus fines religiosos, médicos y logísticos complementaron a la Orden en una simbiosis de poder y espiritualidad. Gehena se convirtió entonces en un santuario, un lugar al que solo los elegidos podían acceder, donde lo sagrado y lo científico se entrelazaban como dos rostros de un mismo misterio.
El Santuario Genético de Gehena era uno de los últimos treinta y tres aún activos en toda la galaxia. Como la Cofradía, había visto menguar su número y su fuerza en los siglos oscuros que siguieron a la caída del último gran Imperio humano. Las acólitas eran cada vez menos, las voces guardianas del conocimiento se apagaban una tras otra, y con ellas se erosionaba la unión que mantenía a la humanidad ligada a su propio legado. El vacío de esa pérdida dio paso al avance de la barbarie, a la fragmentación de las colonias humanas, que en su aislamiento se convirtieron en naciones extrañas, olvidadas y dispersas en el mar infinito de estrellas. Muchas se perdieron para siempre, borradas en el olvido cósmico, como brasas apagadas en un universo cada vez más frío.
