Los Reinos Crepusculares son poderes humanos surgidos en regiones del Eternum marcadas por el Ocaso, el aislamiento y los pactos con fuerzas oscuras. Controlan minas, rutas y mundos mediante jerarquías violentas y una obsesión por prolongar la carne.
Kynes afirma haber presenciado su nacimiento. Algunos crepusculares modificaron sus cuerpos y pactaron con el Khabal. La destrucción de su Santuario convirtió al cazador en rōnin. Zirano representa una expresión local de esa cultura.
No constituyen necesariamente un único imperio centralizado. Son reinos, linajes y cacicazgos unidos por prácticas, símbolos y tecnologías corrompidas. Su existencia explica el odio de Kynes y el peligro de confundir cualquier supervivencia humana con inocencia.
Apariciones y relaciones canónicas
Contexto canónico de Los Reinos Crepusculares
La arqueología era la única industria real de Nod. Aquel mundo periférico, escasamente terraformado, apenas sostenía una población de unos pocos miles, dispersos entre la jungla y la piedra. El planeta vivía de lo que extraía de sí mismo: vestigios exoditas, ruinas de otro tiempo, fragmentos de una civilización que rozó la divinidad tecnológica y luego desapareció sin explicación. Nod era un testigo dormido, un osario estelar cuyas tumbas hablaban en códigos de luz.
Las reliquias exo, invaluables, eran codiciadas tanto por los Neokish como por los Reinos Crepusculares. Su comercio se había convertido en la sangre de aquella sociedad fronteriza. Tres siglos atrás, cuando los primeros colonos humanos llegaron a Nod, lo hicieron sin saber que el mundo que pisaban había sido una vez sagrado.
Ahora, tres jóvenes caminaban por un puente suspendido en el vacío. Vestían los monos de trabajo que identificaban a los estudiantes de la Ciudadela: sencillos, resistentes, adornados con los colores de cada especialidad. El paso de Diante era firme. El de Cleona, fluido. Esquilo trotaba tras ellos, aún con la energía del niño que aún no había sido vencido por la Historia.
Sinuhé era viejo y estaba cansado, pero aún seguía en el negocio. Había visto caer reinos, casas nobles e imperios enteros, y sin embargo él continuaba, como una reliquia viviente del comercio galáctico.
El anciano mercader descansaba tendido sobre una tumbona flotante de tecnología anticuada pero aún eficaz, cubierta por una manta de terciopelo azulado que le abrigaba las piernas huesudas. El salón donde se hallaba era desmesurado, con un estilo recargado, casi rococó, cargado de ornamentación excesiva, como si tratara de aferrarse a una gloria ya perdida. En el centro se erguía una pantalla descomunal que proyectaba en tiempo real gráficas complejas de los precios de mercancías: combustibles raros, biotecnología, armas, pieles terraformadas, especias, aceites. Cada curva luminosa fluctuaba con los vaivenes de los mercados en los hubs comerciales de sistemas vecinos. En otras secciones de la pantalla aparecían lecturas constantes de la Richard C020, su estación-asteroide, monitorizando flujos de energía, integridad de túneles y actividad de los drones centinela.
