La Plaga Oscura, también llamada sangre negra, es una corrupción del Khabal que comienza con fiebre, irritabilidad, insomnio y sueños violentos. Después oscurece la sangre, vuelve amarillos los ojos y transforma a los infectados en bestias antropófagas.
En la Luna de Sangre, la plaga amplifica miedo, deseo y ambición. No invade desde fuera de manera simple: utiliza lo que cada víctima ya contiene.
Dante resiste gracias a resonancia genética con la Estirpe. La experiencia demuestra que la disciplina ayuda, pero no basta. La Plaga puede afectar tripulaciones, campamentos y naves, y sirve como instrumento de mundos-trampa creados por el Khabal.
Apariciones y relaciones canónicas
Apariciones principales: El Tercer Sacrificio.
Relaciones conocidas: Dante, la Luna de Sangre, el Khabal, la Estirpe y los Hambrientos.
Contexto canónico de La Plaga Oscura
Habían alcanzado el sistema Véneto. El lugar donde comenzaría la siguiente fase del plan.
Los corredores de la nave, metálicos y vastos, reverberaban bajo sus pasos cuando abandonaba el puente, extendiendo bajo sus botas un fulgor intimidante. Eran verdaderas arterias de acero, conducían hacia el corazón palpitante de su más reciente adquisición: un destructor estelar cuya majestuosidad arquitectónica y letalidad lo convertían en un titán del espacio. No era solo un navío de guerra, era la encarnación del ascenso de las Hermanas Oscuras, un estandarte que anunciaba que el equilibrio de poder en la galaxia estaba a punto de inclinarse hacia ellas.
El símbolo de las Hermanas, un ojo abierto incrustado en la palma de una mano blanca como el alabastro, brillaba en cada compuerta y cada panel. No era una simple insignia; era una proclamación, una declaración audaz de omnisciencia. El ojo vigilaba en silencio, recordando a todos que su influencia se extendía como una plaga por los rincones más ocultos del universo. Era el sello de su poder, y también el anuncio de la oscuridad que se avecinaba: la Plaga Oscura.
En su pequeño y sucio apartamento, día tras día, debía aplastar decenas de aquellos insectos oscuros. Corrían por los armarios, el suelo, incluso sobre la cama o los platos. No eran peligrosos, no mordían ni atacaban, huían de la luz; y, sin embargo, Walter sentía por ellas un rechazo absoluto, un horror que no sabía explicar pero que lo habitaba en lo más profundo. En Escocia no recordaba haber sufrido una plaga semejante.
