Jefes de Guerra es la segunda entrega de Khaos y Oscuridad, la trepidante serie que continúa la aclamada saga literaria de La Pureza. En este capítulo, los lectores se sumergen en la desgarradora guerra del Khabal, dirigida por el esbirro y príncipe demonio Revar en el Eternum, desatando una ferocidad inconmensurable.
Mientras tanto, en la Vía Láctea de La Pureza, Kadosh-Abaddón lidera sus huestes hacia la contienda de Eridanus, donde también se movilizan las fuerzas del Décimo Tercer Tercio del Kurgán bajo el mando del temible Pretor Silas. En el corazón de Continuus, Atreo Arryn vuelve a contactar con los enigmáticos Exo, enfrentándose a la mayor de todas las revelaciones, que podría cambiar el destino de toda la galaxia. Jefes de Guerra promete ser una de las entregas más emocionantes de la colosal saga literaria Continuus Nexus de Tolmarher, donde todos los eventos convergen en un clímax de poder, misterio y lucha por la supervivencia en un multiverso sumido en el caos y la guerra.
Contexto canónico de Jefes de Guerra
Encerrado en su armadura cornuda, donde el hierro se fusionaba con runas arcanas y fragmentos de Exo corrompidos, el Rey Brujo no solo se preparaba para la próxima batalla: se entrenaba en silencio para la guerra definitiva, aquella que lo pondría frente al Khabal. Y sin embargo, en el presente inmediato, la frustración lo corroía. A pesar de su título de príncipe demonio, de su fama como destructor imparable, ahora se encontraba ante un enemigo que no retrocedía. Dos siglos de Yihad Infernal habían dado como resultado apenas una veintena de bastiones imperiales arrebatados, logros ínfimos frente a la magnitud del sacrificio. El Khabal, cuyas huestes habían sembrado el terror a través de incontables líneas espacio-temporales, parecía ahora detenido, contenido como nunca antes lo había estado.
El fracaso, continuo y sangriento, era un veneno que corría por las venas de la Horda Infernal. Los jefes de guerra comenzaban a murmurar en los corredores de sus fortalezas, en los salones de carne y sombra donde se reunían los comandantes demoníacos. Susurros de duda, cuchicheos de traición. Se preguntaban si Revar, el implacable, era todavía digno de portar el estandarte del Khabal. Y él lo sabía: esos murmullos eran tan peligrosos como cualquier flota enemiga.
