Abaddón, la espada. La espada llamada Abaddón es una hoja de metal Exo corrompido que contiene la esencia de un arconte. Sus runas cambian, se iluminan y reaccionan a la sangre. No actúa como un objeto pasivo: habla en la mente de Kynes, Mayra y Esquilo, exige alimento y convierte cada combate en una comunión con su hambre.
Según el relato de Kynes, la hoja perteneció a su maestro en el Santuario de los Cazadores de Demonios. Cuando los Crepusculares atacaron, el anciano se la entregó con una orden: llevarla lejos de los hombres y arrojarla algún día al Ojo del Khaos. Desde entonces Kynes ha intentado abandonarla, quemarla y enterrarla, pero el arma siempre regresa o destruye aquello que pretende contenerla.
La espada conserva el nombre y la conciencia del antiguo Abaddón, pero su estado no debe confundirse sin más con la posesión de Kadosh-Abaddón narrada en series anteriores. Aquí se manifiesta como esencia sellada, sedienta y capaz de influir sobre su portador. Kynes la necesita para destruir criaturas que una hoja común no puede herir, mientras ella lo necesita como brazo, alimento y camino hacia su destino. La relación entre ambos es dependencia, amenaza y juramento.
Apariciones y relaciones canónicas
Contexto canónico de Abaddón, la espada
El Anu había jugado con sus palabras como un depredador con su presa. Habló de la Llave, de la sangre real, del poder vedado incluso para los suyos. Confesó su intención velada: destruir a Abaddón, su propio hermano, para adueñarse del Occidente de Aqueron. El resto eran adornos, migajas de verdad entre montones de mentira. Pero en esa maraña de medias revelaciones, Govind había distinguido un hecho innegable: si Abaddón conseguía el Arca, todo terminaría.
Pero no. Habían sido engañados, arrastrados por la mano invisible del Igigi hasta esta ciudad en ruinas, envuelta en un esplendor marchito, como el cadáver embalsamado de un imperio olvidado. Rocamar era el espejo de una gloria antigua que no volvería jamás. Allí, su única función era concluir los planos de un arma para los soldados de Abaddón: un nuevo zepelín de combate, inspirado en el desaparecido HMS Deméter, pero construido sobre un casco que Akibel le había proporcionado. Walter reconocía en esas líneas una silueta que le resultaba inquietantemente familiar, semejante a los drakkar vikingos que, siglos atrás, surcaron hasta las islas Orcadas y las costas de su Escocia natal. El demonio mismo lo había llamado así: drakkar.
