La Batalla de las Tres Perlas es la campaña con la que Vidarna somete Hastapor. Incluye bloqueo, combate entre flotas, fuego planetario, desembarcos, establecimiento de perímetros y asalto a la ciudad y al bastión pirata.
Jared documenta la batalla después de ser rescatado. Su condición de testigo recién llegado permite comparar la maquinaria del Neoimperio con una humanidad anterior a la Conjunción.
La victoria se presenta como redención de mundos degradados, pero también inaugura la mirada crítica del cronista sobre el precio de la reunificación. La batalla sirve de primera pieza visible de la Guerra de los Mil Tronos: un sistema entre miles, conquistado por una legión entre diez mil.
Apariciones y relaciones canónicas
Apariciones principales: La Guerra de los Mil Tronos.
Relaciones conocidas: Jared, Vidarna, Hastapor, la Mano Blanca y Nimrod 84.
Contexto canónico de La Batalla de las Tres Perlas
La campaña del Vhaxar Vidarna contra Hastapor marca el inicio de la Batalla de las Tres Perlas y simboliza la reimposición violenta de la soberanía del Neoimperio sobre un sistema que había prosperado en la disidencia, el caos y la negación deliberada del diezmo y la doctrina de Nimrod.
Era un joven delgado, de facciones finas y elegantes, con una cabellera negra, rizada e indomable que parecía tener vida propia. A pesar de sus veintidós años, su rostro seguía casi imberbe, como si el tiempo se resistiera a marcarlo del todo. Aquel día, convocado a una ocasión que aún no terminaba de comprender, había decidido enfundarse en su mejor atuendo: un sombrero de copa ya algo gastado, el único chaqué que conservaba y que reservaba para ceremonias escasas y solemnes. Los zapatos, de suela rota y cuero fatigado, eran una batalla perdida, pero al menos podía lucir un chaleco de seda brillante con motivos florales, regalo de su madre, que le confería un aire digno y melancólico, como de un tiempo mejor.
William Macfair siguió a Thomas Mcniff hasta la entrada del viejo hospital de Thurso, avanzando contra el viento gélido que rugía desde el mar como un animal hambriento. La ráfaga constante traía consigo olor a sal, óxido y muerte. Pero no fue el frío lo que endureció su respiración, sino la visión que se desplegaba ante sus ojos: ruinas ennegrecidas por el fuego, paredes calcinadas que parecían carbonizadas hasta el alma, ventanas rotas como cuencas vacías, y huellas de metralla y plomo incrustadas en la piedra como cicatrices de una batalla olvidada. Aquello no era un hospital: era un osario vestido de sanatorio, un eco fantasmal de violencia, injusticia y pánico desbordado.
