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La caída de Hiperión: conflicto de La Guerra de los Mil Tronos

Conoce La caída de Hiperión: su historia, relaciones e importancia canónica en La Guerra de los Mil Tronos dentro del Continuus Nexus.

La caída de Hiperión ocurrió aproximadamente doscientos años antes de la misión de Gurney. Dos legiones de los Diez Mil arrasaron una civilización vinculada a exomantes y a un culto prohibido.

Los archivos de Nod la presentan como castigo necesario. Las ruinas revelan una historia más compleja y una continuidad que el Imperio no consiguió eliminar.

El acontecimiento explica el miedo que rodea el nombre de Hiperión y el juicio posterior de Poniente. También demuestra que el Neoimperio conserva sus victorias como advertencias, mientras los vencidos conservan nombres, semillas y relatos capaces de regresar.

Apariciones y relaciones canónicas

Apariciones principales: El Cronista.

Relaciones conocidas: Gurney, Santino, Morfeo, Hiperión, Poniente y las legiones del Hegemón.

Contexto canónico de La caída de Hiperión

Fox se deslizó por la ventana con la precisión de una pantera, las botas amortiguando la caída con un golpe seco y controlado.

La escalinata colgaba torcida, desplazada por el viento, moviéndose como una serpiente enloquecida sobre el vacío. Un paso en falso y no habría nada más que la caída y la marea de colmillos esperándolos. Fox aspiró hondo. La lluvia le golpeaba el rostro como metralla helada, y el cabello empapado se le pegaba a la piel, cegándole por momentos. Pero no se detuvo.

La caída fue breve, pero suficiente para dejarlo aturdido. El pecho le ardía, y su respiración era un jadeo quebrado. Aún estaba vivo. Se arrastró unos metros en la penumbra, las manos tanteando la roca fría, buscando a ciegas cualquier cosa que pudiera servir como arma. Detrás de él, las bestias arañaban la entrada con garras que chirriaban sobre la caliza; bufaban y resoplaban, enviando bocanadas de vapor que entraban en el refugio como hálitos de un infierno cercano. Jonah sabía que no se marcharían. Aquellas criaturas tenían paciencia. Y hambre.

Varias horas después, los tres habían dejado atrás la jungla. No se hablaba de la caída. No se hablaba de Malley. Sobrevivir había sido bastante.

Treinta largos años habían pasado desde que Filip Leblanc fuera hallado, maltrecho y confundido, tras su aparatosa e inexplicable llegada a Aqueron. Treinta años desde que pusiera pie por primera vez en la antaño gloriosa Rocamar, antes de la caída de Sippart, antes del advenimiento de la Plaga. Treinta años desde aquella noche en que, junto a los hermanos de su Orden, escapara de la ciudad usando pasadizos húmedos y alcantarillas sumergidas en la penumbra, huyendo bajo el peso de un cielo sin estrellas. Alcanzaron los muelles al amanecer y, en una goleta vieja y desvencijada, dejaron atrás el fuego y los gritos, buscando la incierta seguridad de la isla Occidental. Allí quedaron muchos buenos hombres, fieles hasta el final, y con ellos el Maestro de la Orden. Caballeros leales, hombres entregados al servicio de la Diosa. Salve Regina.