Lore

Jataq el Magnífico: del esclavo petrarca al comandante que mató a Akibel

En un universo poblado por Mesías, Arcontes, Igigi, Reyes Dragón y criaturas capaces de alterar el destino de civilizaciones enteras, Jataq el Magnífico representa algo mucho más incómodo: el poder de un hombre corriente forjado durante décadas dentro de una maquinaria de guerra que nunca le perteneció.

No nació general.

No pertenecía a una gran casa imperial.

No fue elegido por ninguna profecía.

Ni siquiera creyó realmente en los dioses en cuyo nombre combatía.

Jataq nació en Petrus, un mundo brutal sometido al Rey Dragón Aedh Drummond, y fue vendido junto con cientos de hombres para servir como carne de guerra en la Armada Sagrada de la Hermandad. Desde allí sobrevivió a campañas, desembarcos, matanzas y operaciones punitivas hasta que la experiencia, la resistencia y una extraordinaria capacidad táctica lo llevaron desde las filas de los esclavos militares hasta el mando de su propia astronave.

Su recorrido en Mesías Rojo es breve si se compara con el de Kadosh, Charlize, Cinnia o Narfater, pero resulta extraordinariamente significativo porque Jataq encarna una de las contradicciones fundamentales del Continuus Nexus: puede ser verdugo y víctima, conquistador y esclavo, hombre de conciencia y ejecutor de atrocidades.

Y cuando llega el momento decisivo, no es un arma divina ni una flota legendaria la que acaba con uno de los grandes Reyes Dragón.

Es Jataq.

Un viejo comandante.

Una nave obsoleta.

Y un torpedo atómico de otra época.

Quién es Jataq el Magnífico en Mesías Rojo

Jataq aparece en Imperios, dunas y estrellas, segundo volumen de Mesías Rojo, como un guerrero petrarca al servicio de la Hermandad.

Su aspecto está descrito con claridad: es un hombre bajo, de complexión fuerte y compacta, piel oscura y barba cardada.

No posee la apariencia idealizada de un héroe de las antiguas epopeyas.

Su cuerpo pertenece a un soldado.

A alguien diseñado por la vida para cargar peso, atravesar trincheras y sobrevivir donde otros mueren.

Jataq procede además de una cultura con una enorme tradición militar.

Los petrarcas son considerados algunos de los mejores guerreros humanos de su época, solo por detrás de los míticos ítacos, comparación que ellos reciben casi como una afrenta.

Pero esa excelencia militar tiene un precio terrible.

Petrus: el mundo que vendía soldados

Petrus había sido en otro tiempo una capital provincial.

Cuando conocemos su destino, se ha convertido en un mundo tóxico gobernado por Aedh Drummond, Rey Dragón e Igigi.

Su economía se sostiene parcialmente mediante la exportación de seres humanos preparados para la guerra.

Los hombres de Petrus son criados en un entorno hostil, entrenados para combatir y posteriormente vendidos a distintas fuerzas que necesitan soldados capaces de resistir campañas que destruirían a unidades ordinarias.

Jataq es uno de ellos.

No se incorpora voluntariamente a la Armada Sagrada.

Es vendido.

Forma parte de un lote de trescientos guerreros adquirido para alimentar las interminables campañas de la Hermandad.

Ahí comienza su historia.

Un esclavo de guerra de la Hermandad

Cuando la novela presenta a Jataq, lleva aproximadamente diez años al servicio de la Hermandad.

De los trescientos hombres de su reemplazo original apenas sobreviven unos cincuenta.

La cifra explica mejor que cualquier discurso qué clase de vida ha llevado.

Jataq ha participado en cientos de operaciones y ha sobrevivido porque posee una combinación excepcional de disciplina, resistencia e inteligencia táctica.

La Hermandad recompensa esa eficacia.

No concediéndole libertad inmediata.

Concediéndole mando.

Es una ironía brutal del sistema: cuanto mejor demuestra un esclavo que sabe sobrevivir a la guerra, más útil se vuelve para continuar librándola.

Más de trescientas misiones de combate

Durante una investigación posterior a la operación de Arges, un funcionario repasa el expediente de Jataq.

Ha participado en más de trescientas misiones de combate.

Ha sobrevivido a todas.

Cuando le preguntan si considera que semejante historial puede atribuirse a la suerte, responde según la vieja mentalidad petrarca:

en Petrus no creen en la suerte.

Creen en entrenamiento y esfuerzo.

Esta respuesta define al personaje.

Jataq no se considera elegido.

No cree que una divinidad lo proteja.

No interpreta su supervivencia como milagro.

Ha vivido porque ha aprendido a no morir.

El guerrero que no cree en los dioses

Esta característica resulta especialmente importante porque Jataq combate al servicio de una organización profundamente religiosa.

La Hermandad gobierna mediante dogma, sacrificios, símbolos sagrados y una compleja maquinaria de control espiritual.

Jataq participa de sus rituales porque pertenece a su ejército.

Utiliza sus tratamientos.

Cumple sus órdenes.

Pero no comparte realmente la fe que justifica aquel sistema.

Durante la campaña de Arges se hace una pregunta sencilla:

si aquellos seres son realmente dioses, ¿por qué necesitan tanta sangre?

La respuesta a la que llega resulta radical.

Aquello no es divinidad.

Es parasitismo.

Las Loterías de Sangre

La rebelión de Arges se produce precisamente contra uno de los mecanismos más crueles de la Hermandad.

Las Loterías de Sangre.

Mediante ese sistema, comunidades humanas deben entregar personas como tributo.

La Hermandad presenta ese sacrificio mediante argumentos religiosos y políticos, pero para las víctimas significa perder hijos, familiares y generaciones enteras en beneficio de una estructura de poder que convierte la carne humana en recurso.

Cuando Arges se rebela, el Patriarca Sidi Alsima decide responder con una campaña ejemplar.

No basta con recuperar el planeta.

Hay que demostrar qué ocurre cuando un mundo desafía el diezmo.

Jataq enviado a reprimir Arges

Jataq forma parte de las fuerzas enviadas a sofocar la insurrección.

La Hermandad despliega una fuerza muy superior a la que parece exigir el valor estratégico del planeta.

Dos fragatas.

Ocho regimientos de asalto.

Cobertura orbital.

Incluso difusión propagandística de la operación.

El objetivo no es exclusivamente militar.

Es psicológico.

Arges debe servir como advertencia para otros mundos.

Jataq lo comprende.

También comprende que aquello que está ocurriendo no es una guerra convencional.

Es un castigo.

Y, sin embargo, combate.

Ahí reside una de las contradicciones que impide convertirlo en un héroe simple.

El soldado dentro de una maquinaria que desprecia

Jataq sabe que la Hermandad utiliza el terror.

Comprende las Loterías de Sangre.

Duda de los dioses.

Desprecia parte del sistema al que sirve.

Pero continúa participando en sus campañas.

No dispone de la libertad moral del hombre que observa la tiranía desde fuera.

Él forma parte de ella.

Durante años ha matado para ella.

Ha conquistado mundos.

Ha ejecutado órdenes.

Ha aprendido a distinguir entre aquello que cree y aquello que necesita hacer para sobrevivir.

El Continuus Nexus no lo absuelve mediante una cómoda declaración de rebeldía.

Jataq está manchado.

Como prácticamente todos los supervivientes de su época.

Cnosos, el ítaco

Dentro de ese ambiente aparece Cnosos.

Es un joven guerrero de Ítaca capturado durante una operación represiva y terminado dentro de las fuerzas de la Hermandad.

Los ítacos poseen una fama militar incluso superior a la de los petrarcas, lo que normalmente bastaría para despertar la rivalidad cultural de Jataq.

Pero entre ambos ocurre algo distinto.

Jataq empieza a protegerlo.

A enseñarle.

A tratarlo como alguien diferente de los demás soldados.

El vínculo termina superando la relación ordinaria entre suboficial y subordinado.

El hijo que Jataq había perdido

La novela define esa relación mediante una idea especialmente poderosa.

Jataq y Cnosos reconocen mutuamente aquello que han perdido.

Uno ve al padre que no pudo conservar.

El otro, al hijo arrebatado por la guerra.

No comparten sangre.

Ni mundo.

Ni etnia.

Ni siquiera una misma historia.

Pero la guerra les proporciona una familia imperfecta en medio de una estructura creada para destruir precisamente ese tipo de vínculos.

Jataq se convierte en mentor del joven.

Cnosos empieza a ocupar un lugar emocional que el viejo soldado difícilmente reconoce en voz alta.

Arges terminará rompiendo esa relación.

La mujer y el bebé de Arges

Durante los combates, una joven madre se aproxima a las posiciones de la Hermandad.

Va descalza.

Despeinada.

Carga un bebé envuelto en una manta.

Jataq detecta algo que Cnosos no ve.

Un explosivo.

La mujer actúa como atacante suicida.

Cnosos intenta impedir que Jataq abra fuego porque solo contempla ante sí a una madre desesperada.

Jataq ve la bomba.

Los dos reaccionan de acuerdo con aquello que son.

Cnosos intenta detener a su mentor.

Jataq lo derriba de un disparo para inmovilizarlo.

Después mata a la mujer.

Y con ella muere también el niño.

El precio de salvar el campamento

La acción evita la detonación del explosivo y salva a los soldados de la Hermandad.

Para la institución, no existe duda sobre cómo debe interpretarse el episodio.

Jataq es un héroe.

El Patriarca quiere condecorarlo.

Será ascendido.

La propaganda convertirá la escena en otro ejemplo de disciplina, sacrificio y fidelidad al dogma.

Pero Jataq introduce una frase que destruye la limpieza de ese relato.

También mató al niño.

Quiere que conste.

El funcionario que recoge su declaración considera el detalle inconveniente.

La maquinaria propagandística necesita héroes sin contradicciones.

Jataq no puede ofrecerles uno.

«No lo olvide en su informe»

Esta reacción explica mejor al personaje que cualquier proclama heroica posterior.

Jataq no niega lo ocurrido.

Tampoco afirma que tuviera otra alternativa.

Había visto la bomba.

Actuó.

Salvó a sus hombres.

Pero se niega a permitir que la historia convierta completamente la muerte de aquella mujer y de aquel niño en una victoria limpia.

Quiere que la sangre permanezca en el registro.

La Hermandad pretende borrarla.

Para Jataq, la memoria es una forma mínima de resistencia.

No impide la atrocidad.

Pero evita, al menos para sí mismo, fingir que nunca ocurrió.

El destino de Cnosos

La situación de Cnosos resulta todavía peor.

El joven ha atacado a un superior durante una operación militar.

Aunque lo hiciera intentando evitar lo que consideraba el asesinato de una madre y su hijo, la Hermandad no puede tolerar semejante desobediencia.

Cnosos es trasladado a un centro médico de máxima seguridad.

Cuando se recupere, será ejecutado.

El funcionario explica la decisión mediante una expresión que resume toda la hipocresía del sistema:

son civilizados.

Jataq escucha.

Y comprende que la misma institución que lo eleva como héroe destruirá al hombre al que había llegado a querer como un hijo.

El ascenso de Jataq

La campaña de Arges marca un punto de inflexión en su carrera.

La Hermandad interpreta su actuación como prueba de valor, disciplina y capacidad de mando.

El antiguo esclavo comienza a ascender.

Lo que había empezado como una vida destinada a terminar dentro de una exoarmadura en cualquier campo de batalla se prolonga mucho más de lo esperado.

Jataq atraviesa décadas de servicio.

Sobrevive.

Sube en la jerarquía.

Y envejece dentro de una institución que continúa necesitando hombres capaces de hacer lo que otros no pueden.

Finalmente consigue algo que para él posee un significado mucho mayor que cualquier medalla.

Su propia astronave.

La Terranova

Cuando volvemos a encontrarlo convertido en comandante, Jataq está al mando de la Terranova.

No se trata de una nave moderna.

Es una vieja goleta estelar ligera, construida por artesanos de Drakon más de tres siglos antes.

Su fuselaje es alargado.

Posee tres aletas traseras.

Puede realizar operaciones atmosféricas sin depender de naves auxiliares.

En comparación con los grandes destructores modernos, parece una reliquia.

Pero para Jataq es perfecta.

Es suya.

Después de toda una vida obedeciendo órdenes de otros, por fin existe un puente donde su voz es la última.

Una nave para veteranos olvidados

La Terranova posee además una tripulación muy particular.

Quince veteranos.

Hombres condecorados.

Supervivientes de mundos y campañas que ya casi nadie recuerda.

La nave funciona prácticamente como destino final para viejos soldados que la maquinaria militar considera todavía útiles, pero que ya pertenecen a otra época.

Jataq conoce personalmente a cada uno.

No los contempla como cifras.

Ha pasado demasiados años viendo desaparecer nombres de las listas de reemplazo.

La Terranova se convierte en una pequeña comunidad de supervivientes.

Un mausoleo que todavía puede disparar.

La misión ceremonial hacia Ática

La primera gran misión de Jataq como comandante parece casi decepcionante.

La Terranova debe acompañar al convoy del Patriarca de la Hermandad hasta Ática, mundo asociado al poder de Abaddón.

El propósito es participar en la ceremonia del tributo humano.

La poderosa nave Argos dirige la procesión.

La Terranova cumple prácticamente una función ornamental.

No debería haber combate.

No debería haber peligro.

Para un hombre que ha pasado décadas sobreviviendo a guerras, parece una forma tranquila de estrenar el mando.

Entonces llegan a Ática.

Y todo cambia.

La flota muerta de Abaddón

En torno al planeta se extiende una cantidad extraordinaria de astronaves.

Decenas de miles.

Quizá cientos de miles.

Algunas continúan operativas.

Muchas otras flotan apagadas, degradadas o sin tripulación.

La grandeza imperial se mezcla con la decadencia.

Jataq recuerda una vieja fábula sobre un dragón petrificado.

Todos temían al monstruo.

Nadie sabía si realmente seguía vivo.

La imagen sirve también para describir aquel imperio.

Abaddón conserva una flota que parece capaz de destruir civilizaciones.

Pero nadie sabe cuántas de aquellas naves podrían combatir realmente.

Ática

El propio planeta resulta igualmente perturbador.

Las antiguas descripciones lo presentaban como un mundo terraformado y próspero.

Bajo Abaddón, su geoclima ha cambiado.

La luz parece haber abandonado su superficie.

Los cielos permanecen sombríos.

Las aguas están heladas.

No hay grandes ciudades luminosas observables desde el espacio.

El mundo parece construido para reflejar a su señor.

Entonces llega la nave de Akibel.

Akibel y la traición

Akibel de Erebus no entra en Ática al frente de una flota gigantesca.

No la necesita.

La nave que utiliza posee una capacidad devastadora frente a determinadas tecnologías.

Las astronaves enviadas a interceptarlo empiezan a apagarse.

Sin disparos.

Sin combate convencional.

Los sistemas mueren.

La Armada Sagrada descubre que buena parte de su superioridad tecnológica puede ser neutralizada mediante un simple mecanismo que no comprende.

Akibel continúa avanzando.

La tecnología se vuelve contra sus propietarios

La nave de Akibel emite una frecuencia que funciona como comando.

Las antiguas astronaves del poder de Abaddón comienzan a despertar.

Durante unos instantes parece que la gran flota imperial resucitará.

Después ocurre lo contrario.

Las naves se apagan.

Colisionan.

Explotan.

El espacio alrededor de Ática se convierte en un cementerio de metal y fuego.

Después el ataque se dirige hacia el propio planeta.

La destrucción de Ática

Jataq y sus hombres contemplan desde la Terranova un cataclismo.

Maremotos.

Tormentas.

Ciclones.

Alteraciones atmosféricas.

La superficie queda devastada.

El viejo comandante comprende que, si alguien continuaba vivo allí abajo, la posibilidad de supervivencia se ha reducido prácticamente a nada.

Ática, centro de una estructura imperial temida durante generaciones, está siendo destruida ante sus ojos.

La Hermandad tampoco puede responder.

Sus naves más avanzadas han quedado inutilizadas.

Entonces ocurre algo inesperado.

La Terranova sigue funcionando.

La ventaja de estar obsoleto

La vieja goleta no posee los sistemas que han condenado a las naves modernas.

Carece de componentes de Erebus.

Aquello que durante años había sido considerado una limitación se convierte ahora en su mayor fortaleza.

La tecnología de Akibel puede neutralizar a los gigantes.

Pero no a aquella reliquia.

El mundo moderno acaba de ser derrotado por su propia dependencia tecnológica.

La Terranova, conservada casi por romanticismo, continúa operativa.

Y Jataq comprende inmediatamente qué significa.

Todavía puede luchar.

Jataq no huye

La opción razonable habría sido retirarse.

Akibel acaba de demostrar que puede anular flotas.

Ática está destruida.

La Armada Sagrada ha quedado reducida a impotencia.

Ninguna doctrina militar sensata obligaría a una vieja goleta con quince veteranos a enfrentarse a una nave responsable de semejante catástrofe.

Jataq no piensa de esa manera.

Ha sobrevivido durante demasiado tiempo esperando siempre una siguiente orden.

Ahora él está al mando.

Ordena avanzar.

El viejo torpedo atómico

La Terranova arma sus torpedos.

No posee las maravillas tecnológicas de las grandes potencias.

Lo que dispara pertenece a otra edad.

Un viejo torpedo atómico, semejante a los utilizados por los primeros cruzados de la Hermandad.

La imagen resume perfectamente al personaje.

Akibel ha derrotado a la alta tecnología mediante una ventaja que sus enemigos no comprenden.

Jataq responde con algo demasiado antiguo para formar parte del sistema que el Rey Dragón puede controlar.

No intenta superar tecnológicamente al enemigo.

Utiliza aquello que todavía funciona.

La muerte de Akibel

Akibel ve aproximarse el torpedo.

Su plan llevaba doscientos años desarrollándose.

Había destruido flotas.

Había castigado Ática.

Había demostrado que el gigantesco poder acumulado en torno a Abaddón podía convertirse en ruinas.

Pero no había contado con un viejo petrarca y una nave que ya debería haber sido retirada.

El torpedo alcanza su objetivo.

La explosión convierte durante un instante la oscuridad en un segundo sol.

Cuando la luz desaparece, la nave de Akibel ha dejado de existir.

El Rey Dragón muere.

Jataq cierra los ojos.

No celebra.

Ha cumplido con su deber.

Por qué Jataq es «el Magnífico»

El epíteto «el Magnífico» debe manejarse con cuidado.

La novela utiliza expresamente Jataq, el magnífico como título del capítulo que culmina su trayectoria, pero no establece que se trate de un rango oficial concedido por la Hermandad ni de un tratamiento nobiliario.

Su grandeza es narrativa.

Un esclavo vendido como carne de guerra.

Un superviviente de cientos de combates.

Un comandante que nunca llegó a creer realmente en los dioses de sus amos.

Un hombre elevado por una institución que a la vez desprecia.

Y finalmente el responsable de destruir a uno de los grandes Reyes Dragón con una nave vieja que todos consideraban poco más que una reliquia.

La magnificencia de Jataq no nace de la pureza.

Nace de la resistencia.

Un héroe profundamente imperfecto

Sería incorrecto convertirlo retrospectivamente en un rebelde secreto o en un paladín humanista.

Jataq participó en campañas de exterminio.

Dirigió soldados de la Hermandad.

Utilizó exoarmors.

Administró Hajack a sus propios hombres antes del combate.

Participó en la represión de Arges.

Mató a una madre.

Mató a su hijo.

Incluso sabiendo que el sistema era monstruoso, continuó sirviéndolo.

Su conciencia existe.

Pero no lo hace inocente.

Precisamente esa contradicción vuelve al personaje mucho más interesante.

Jataq y el Hajack

Antes de las operaciones de desembarco, Jataq distribuye Hajack entre sus hombres.

La sustancia reduce el miedo y aumenta la agresividad necesaria para el combate, aunque su consumo prolongado destruye la mente.

La Hermandad acepta ese precio.

Un soldado deteriorado después de cumplir su función sigue siendo, para el sistema, un recurso aprovechado correctamente.

Jataq lo sabe.

Aun así utiliza la droga porque también conoce las estadísticas.

Los hombres sobreviven más.

Una vez más, decide dentro de un mundo donde prácticamente todas las opciones son terribles.

Jataq como estratega

Desde sus primeros años, sus superiores detectan que Jataq no es solamente un buen combatiente.

Analiza.

Interpreta.

Sospecha.

Durante la campaña de Arges comprende que los rebeldes disponen de suministros procedentes de diferentes fuentes y concluye que no se enfrenta simplemente a una revuelta campesina espontánea.

Mucho después, en Ática, esa misma capacidad le permite reconocer con rapidez la única oportunidad disponible.

No intenta entender por completo la tecnología de Akibel.

No tiene tiempo.

Detecta una excepción.

La Terranova funciona.

Y convierte esa excepción en victoria.

Jataq y Cnosos: la herida que no desaparece

La relación con Cnosos añade una dimensión íntima a un personaje que podría reducirse fácilmente a su historial militar.

La Hermandad le había arrebatado prácticamente todo.

Compañeros.

Años.

Libertad.

Futuro.

En Cnosos encuentra algo que la estructura militar no había previsto.

Afecto.

La campaña de Arges demuestra que incluso ese vínculo puede ser destruido por el deber y la violencia.

Jataq dispara al muchacho al que protege para impedir que frustre una decisión militar.

La Hermandad decide después ejecutarlo.

El sistema convierte de nuevo el afecto en debilidad.

Jataq frente a la propaganda

La reacción del personaje después de Arges permite comprender también su relación con el poder.

La Hermandad quiere fabricar una historia sencilla.

Jataq salvó el campamento.

Jataq derrotó a una terrorista.

Jataq merece una condecoración.

Jataq será ascendido.

El niño muerto sobra en ese relato.

El propio funcionario decide borrarlo.

Jataq no puede impedir que lo hagan.

Pero expresa su desprecio.

El guerrero que durante años ha obedecido comienza a entender que las guerras no se libran únicamente sobre mundos.

También se libran sobre la memoria.

Jataq y la Hermandad

Su relación con la organización nunca puede describirse como lealtad religiosa absoluta.

Jataq conoce el tratamiento de «hermano».

Forma parte de su ejército.

Acepta su jerarquía.

Combate bajo sus estandartes.

Pero interiormente duda del fundamento sobre el que descansa todo el sistema.

El tributo de sangre.

Los llamados dioses.

Los Reyes Dragón.

La necesidad de sacrificar humanos para sostener entidades que se presentan como superiores.

Jataq observa la maquinaria desde dentro y comprende algo que muchos fieles no quieren admitir.

Si necesitan devorar hombres para sobrevivir, quizá no sean dioses.

Quizá sean depredadores.

Akibel como culminación de esa sospecha

La destrucción del Rey Dragón adquiere por ello un significado adicional.

Jataq no se rebela doctrinalmente contra la Hermandad en ese momento.

Actúa como comandante.

Akibel acaba de destruir fuerzas aliadas y representa una amenaza inmediata.

Pero existe una ironía profunda.

El soldado que durante años dudó de la supuesta divinidad de aquellos seres acaba demostrando que uno de ellos puede morir.

No mediante un ritual sagrado.

No mediante una profecía.

No mediante una espada legendaria.

Mediante un torpedo.

La carne divina resulta tan mortal como cualquier otra cuando recibe suficiente energía en el lugar adecuado.

La muerte de Akibel dentro del gran conflicto

El acto de Jataq tiene consecuencias que exceden por completo a la Terranova.

Akibel había desempeñado un papel fundamental dentro de las luchas entre Abaddón, los Reyes Dragón y las distintas potencias de aquella época.

Su desaparición altera el equilibrio.

Las guerras continúan.

Los Reyes Dragón acabarán cayendo.

Aurantia será despertada.

Cinnia y Narfater serán algunos de los pocos grandes señores draconianos que sobrevivan a la tormenta posterior.

Y, años después, incluso Kadosh conservará memoria del hecho esencial:

Akibel fue abatido por un viejo crucero de la Hermandad bajo el mando de Jataq.

El viejo soldado deja una cicatriz en la gran historia.

Jataq no necesitó conocer a Kadosh para cambiar su mundo

Esta circunstancia resulta particularmente interesante dentro de Mesías Rojo.

Jataq no forma parte del círculo íntimo de Kadosh.

No es uno de sus capitanes.

No crece en Aqueron junto al futuro Mesías.

No pertenece al Neo-Menoch.

No combate en la Batalla de Al-Semanet.

Su historia ocurre en otro escenario del mismo gran conflicto.

Sin embargo, una decisión tomada desde el puente de la Terranova modifica el equilibrio de fuerzas que rodea indirectamente al Mesías Rojo.

Así funciona el Continuus Nexus.

Un hombre puede cambiar una guerra sin conocer siquiera a quienes terminarán beneficiándose de su acción.

Del esclavo al comandante

La trayectoria completa de Jataq dentro de Mesías Rojo contiene una progresión extraordinaria.

Primero es propiedad.

Después soldado.

Más tarde suboficial.

Veterano.

Héroe propagandístico a su pesar.

Oficial.

Finalmente comandante.

En cada ascenso adquiere autoridad, pero nunca consigue borrar el origen de esa autoridad.

Todo empezó porque alguien vendió su cuerpo.

La Hermandad transformó una mercancía humana en uno de sus mejores soldados.

Y ese mismo hombre acabó siendo quien reaccionó cuando sus grandes naves dejaron de funcionar.

La vieja nave y el viejo soldado

La relación entre Jataq y la Terranova posee un simbolismo muy claro.

Ambos pertenecen a una época anterior.

Ambos han sobrevivido más de lo esperado.

Ambos continúan en servicio porque todavía resultan útiles.

La Armada mantiene la nave por romanticismo.

La Hermandad mantiene al soldado porque continúa ganando batallas.

Cuando las máquinas modernas caen, los dos viejos supervivientes permanecen.

Una nave obsoleta.

Un comandante endurecido.

Frente a una tecnología que acaba de destruir flotas enteras.

La victoria nace precisamente de aquello que todos consideraban anticuado.

Un personaje profundamente humano

Jataq no posee poderes extraordinarios.

Su valor dentro de la saga procede precisamente de esa ausencia.

No controla el tiempo.

No porta sangre Exo conocida.

No es Arconte.

No es Igigi.

No necesita presciencia.

Tiene experiencia.

Capacidad de observar.

Disciplina.

Memoria.

Y una obstinación que ha sobrevivido a demasiados muertos.

En un universo donde los hombres se arrodillan constantemente ante entidades que se llaman dioses, Jataq conserva una sospecha sencilla:

quizá sigan siendo criaturas capaces de morir.

Akibel demuestra que tenía razón.

El verdadero sentido de Jataq el Magnífico

La grandeza del personaje no debería reducirse únicamente a haber destruido a Akibel.

Su historia comienza mucho antes de aquel torpedo.

Está en los doscientos cincuenta hombres de su reemplazo que nunca regresaron.

En Cnosos.

En Arges.

En la mujer a la que disparó.

En el niño cuya muerte quiso que apareciera en un informe.

En la duda hacia los dioses.

En la repugnancia ante la propaganda que lo convertía en héroe.

En los años de obediencia.

En la lenta ascensión dentro de la misma institución que lo había comprado.

Y finalmente en un puente desde el que, por primera vez, puede decidir.

Jataq el Magnífico es grande no porque sea moralmente puro.

No lo es.

Es grande porque la historia intenta reducirlo constantemente a instrumento y él consigue conservar, entre toda aquella violencia, una conciencia capaz de recordar el precio de sus decisiones.

Jataq dentro de Mesías Rojo

Entre los grandes personajes de Mesías Rojo, Jataq ocupa un lugar singular.

Kadosh representa la profecía.

Charlize, el amor y la maldición.

Cinnia y Narfater, la complejidad de los Igigi.

Abaddón y Baalfegor, poderes cuya existencia atraviesa épocas.

Jataq representa al soldado.

El hombre que no eligió la guerra pero aprendió a sobrevivir dentro de ella hasta convertirse en uno de sus mejores profesionales.

Su historia demuestra que los grandes acontecimientos del Continuus Nexus no siempre dependen de linajes extraordinarios.

A veces dependen de que un hombre cansado mire una pantalla, comprenda que su vieja nave continúa funcionando y diga:

avance toda.

El legado de Jataq

La muerte de Akibel queda incorporada posteriormente a la memoria histórica del universo.

Otros personajes recuerdan aquel hecho.

Los grandes poderes continúan enfrentándose.

El mapa cambia.

Imperios nacen y desaparecen.

Pero permanece la paradoja.

Uno de los Reyes Dragón más peligrosos de su tiempo, protegido por una tecnología capaz de apagar armadas enteras, no cayó frente a una superarma de los Exo ni ante otro dios oscuro.

Murió porque subestimó a un viejo comandante cuya nave era demasiado antigua para obedecer las mismas reglas.

Eso es Jataq.

Un superviviente de Petrus.

Un esclavo convertido en oficial.

Un hombre que sirvió a una religión en la que nunca creyó completamente.

Un verdugo incapaz de olvidar a quienes mató.

Un comandante que conocía a sus quince tripulantes por el nombre.

Y, en el momento exacto en que el universo necesitó que alguien apretara el gatillo, el hombre que seguía teniendo un torpedo cuando todos los demás habían perdido sus dioses.