Jacob es el anciano jeque cuya decisión provoca el gran cisma aramita. «Nacidos de la Arena» lo presenta con ciento veinte años, próximo a la muerte y acampado al pie occidental del monte Dag-Guiora. Ha dirigido a su pueblo durante más de tres décadas y debe resolver la sucesión entre sus hijos Esaú y Zebulón.
El último juicio de Jacob
Esaú es el primogénito de Bahadura, la esposa legítima, y porta el cinto dorado de la herencia. Zebulón es hijo de Amará, una esclava por la que Jacob desarrolló un profundo afecto. Aunque la costumbre favorece a Esaú, Jacob ha observado que Zebulón posee sabiduría, constancia y capacidad para servir a la tribu. La noche anterior a su muerte afirma haber recibido la visita de un elemental de Abydos, que le muestra dos tallos nacidos de su sangre: uno malo que intentará cercenar al bueno y otro destinado a prevalecer y servir al futuro Mesías Rojo.
Zebulón frente a Esaú
Jacob bendice a Zebulón y lo nombra heredero único. Su decisión no evita la tragedia. Esaú roba el báculo sagrado, se proclama jeque y apuñala a su hermano ante la tribu. Después conduce al norte a quienes aceptan seguirlo. La comunidad queda partida y la profecía de Jacob comienza a cumplirse mediante sufrimiento.
El origen del cisma aramita
La importancia de Jacob supera el episodio familiar. Su elección divide la historia de los aramitas en dos linajes: los descendientes de Zebulón, que conservarán el juramento al Mesías, y el reino de Esaú, sometido siglos después a Baalfegor. Jacob encarna la autoridad tradicional que intenta discernir la virtud más allá de la primogenitura. Su muerte fija una promesa que tardará generaciones en realizarse, pero que permitirá a Ragnar y Bahadur reconocer que la llegada de Kadosh cumple una deuda ancestral.
Contexto canónico de Jacob
Jacob, sabedor del conflicto inevitable, había convocado a ambos. La llamada había sido a primera hora. No era habitual. Las señales eran claras: su fin se acercaba. El viejo jeque debía decidir.
Jacob entreabrió los ojos. Sus manos temblaban. Pero cuando vio a sus hijos, una chispa de conciencia brilló en su mirada agotada. Alzó lentamente un brazo, y con un gesto débil les indicó que se acercaran.
