La Estirpe es un linaje de poder asociado al fulgor rojo del metal Exo y a genealogías oscuras relacionadas con la guerra entre Exo y Khabal.
Dante porta fragmentos genéticos compatibles, suficientes para crear una resonancia que lo sostiene frente a la Plaga. Esa compatibilidad no le concede legitimidad ni pertenencia plena.
La Estirpe forma parte del mosaico genético del Eternum y del linaje Nimrod, pero no debe confundirse con la dinastía imperial. Su sangre puede servir como ancla, arma o motivo de persecución. El color rojo la distingue del blanco Kurgán, azul Kheb, verde de Sael y morado de Acad.
Apariciones y relaciones canónicas
Apariciones principales: La Guerra de los Mil Tronos y El Tercer Sacrificio.
Relaciones conocidas: Dante, Nimrod, metal Exo, Khabal y linajes antiguos.
Contexto canónico de La Estirpe
Nomah contempló la mole orbital que brillaba frente a ellos; por un instante, creyó notar en la arquitectura del complejo una geometría pensada para rituales tan antiguos como la política misma. Trató de apretar los puños, como si eso pudiera sostener algo de su libertad. Pero la certeza de Droma se había hecho jaula. Y la estación los esperaba.
En los doce años estándar transcurridos desde la imposición de la última semilla Estirpe en el fértil pero indómito mundo de Geiranger, el pulso ancestral de aquel planeta había sido sustituido por el estrépito de las máquinas, por el crujido metálico de engranajes sin descanso y el aliento pestilente del humo industrial. Bajo la voluntad férrea de Revar, el rey surgido de la bruma de los mitos para reclamar lo que nadie se atrevía ya a disputar, los paisajes vírgenes de la luna habían sido profanados con una meticulosa brutalidad. Geiranger, el mundo de las lluvias eternas, había sido transformado.
Donde antes se alzaban arboledas susurrantes y ríos envueltos en neblina, ahora dominaban chimeneas colosales y estructuras de acero oxidado que arañaban el firmamento con una arrogancia nueva. Revar City, surgida del primer asentamiento sometido con sangre y fuego, era un híbrido febril de tradición y artificio, un hervidero de contradicciones donde los rezos a los viejos espíritus se mezclaban con las blasfemias de las fábricas. Los gritos, los martillazos, los lamentos y los cánticos de guerra tejían la sinfonía caótica de una ciudad que ya no conocía el silencio.
