Guerreros de Aqueron. La guerra ya no es una amenaza: es el único lenguaje que queda.
En las tierras salvajes de Aqueron, donde el tiempo se rompe y la muerte ya no significa silencio, los pocos supervivientes de la Brecha se aferran a un propósito que les trasciende. Jonah Fox, marcado por el acero y el exilio, lidera una rebelión imposible. A su lado, el joven Frana, heredero de una estirpe proscrita, comienza a entender el precio de portar una corona en un mundo que ha olvidado la lealtad.
La historia de Guerreros de Aqueron
Mientras tanto, Walter Stewart—el hijo del mundo viejo, convertido en emisario del nuevo—vuelve a la escena con un secreto capaz de alterar el equilibrio de lo imposible. Atrapado entre su promesa y la creciente corrupción de su alma, deberá elegir entre redención o ruina.
Las ruinas del imperio humano crujen bajo el paso de ejércitos irreales. Criaturas que no deberían existir caminan sobre la tierra. Reyes antiguos se alzan. Y en el horizonte, una ciudad de piedra roja y columnas malditas convoca a los caídos y a los malditos.
Aqueron no perdona. Ni olvida.
Conflictos y personajes
Las espadas se alzan. La sangre volverá a escribir la historia.
Contexto canónico de Guerreros de Aqueron
Guardias de mirada vigilante flanqueaban las entradas, observando el flujo incesante de transeúntes que cruzaban las calles embarradas. Jonah reconoció el tipo: los mismos que habían secuestrado a Cinnia y Frana McGregor. Pálidos como cadáveres, ojos amarillentos, sonrisas torcidas que parecían cortadas con cuchilla. Vestían armaduras negras, pesadas, adornadas con yelmos rematados en cornamentas retorcidas que parecían sacadas de una pesadilla pagana. Eran guerreros hechos para inspirar miedo, y lo sabían.
Los regresados cayeron sobre ellos, y los báculos respondieron con una fuerza y precisión sobrehumanas. Cráneos reventaron contra la tierra endurecida, miembros fueron quebrados en ángulos imposibles, y un hedor nauseabundo de sangre negra y masa cerebral se mezcló con el humo de la hoguera. Los tres guerreros luchaban como si hubieran repetido aquella escena mil veces.
Se marchó con ellos, dejando atrás miedo y recuerdos. Aquellos hombres eran Menoch, una casta de druidas guerreros célibes, consagrados a la Diosa de Aqueron. Lo aceptaron como uno de los suyos, y poco a poco lo moldearon en cuerpo, mente y espíritu.
