Mucho antes de que Esquilo de Nod ocupara su lugar en la historia del Eternum, antes de que treinta y tres viajeros abandonaran cuanto conocían y antes incluso de que el Explorador Oscuro volviera a abrirse paso entre las estrellas, hubo un hombre que cruzó una puerta que llevaba milenios aguardando.
Su nombre era Tales.
Científico, mercader, explorador y exomante de Nod, Tales fue el padre de Diante, Cleona y Esquilo. Pero su verdadero legado trascendió a sus hijos.
Tales fue el humano que estableció contacto con Ká, la conciencia del Explorador Oscuro; el hombre capaz de conectarse a aquella extraordinaria exonave y conducirla hasta Nod; y quien selló el pacto del que terminaría naciendo uno de los grandes viajes del Continuus Nexus:
La Senda de las Estrellas.
Tales de Nod: científico, explorador y exomante
Tales pertenecía a una civilización construida sobre las ruinas de un pasado que apenas comprendía.
El planeta Nod conservaba bajo su superficie los restos de antiguos asentamientos exoditas: túneles, cámaras, artefactos y tecnologías cuya verdadera naturaleza se había perdido con el paso de los milenios.
Para muchos habitantes de Nod, aquellas reliquias representaban riqueza.
Para Tales representaban conocimiento.
Su obsesión no era acumularlas ni venderlas, sino comprender qué civilización las había creado y qué secretos continuaban sepultados bajo su mundo.
Existía además una diferencia fundamental entre Tales y la mayoría de los investigadores que lo rodeaban.
Tales portaba el gen exo.
Y no una manifestación cualquiera.
Cuando determinadas reliquias reaccionaban ante su presencia, lo hacían mediante un fulgor verdoso, una afinidad extremadamente poco frecuente que revelaba una conexión excepcional con la tecnología Exo.
Esa particularidad genética cambiaría para siempre la historia de Nod.
El exoportal que conducía hacia lo imposible
En el año 10180 tras la Conjunción Infernal, Tales y el Maestre Lutero atravesaron un antiguo exoportal.
Al otro lado no encontraron otro templo, una cámara funeraria o unas simples ruinas.
Encontraron una exonave.
El Explorador Oscuro.
La nave permanecía atrapada en el tercer cinturón de asteroides del sistema Nod, reducida a un estado de supervivencia después de incontables años de abandono.
Su interior no respondía a los principios de una nave humana convencional.
Los corredores cambiaban.
Las salas aparecían y desaparecían.
La propia arquitectura parecía reorganizarse alrededor de sus visitantes.
Tales comprendió antes que Lutero que aquello no era aleatorio.
Había una conciencia observándolos.
Una inteligencia estaba estudiando sus movimientos.
Y finalmente aquella inteligencia decidió mostrarse.
Su nombre era Ká.
Ká y el secreto del fulgor verde
Ká se presentó ante Tales como la conciencia del Explorador Oscuro, su avatar manifestado y el corazón intelectual de la exonave.
La comunicación no se produjo mediante palabras.
Fue mental.
Ká permitió que Tales escuchara su voz, mientras mantenía a Lutero fuera de aquella conversación.
Y enseguida comprendió qué clase de humano había llegado hasta él.
Tales era un exomante.
Su linaje era antiguo, aunque mezclado durante generaciones, y el extraño fulgor verde que podía manifestar explicaba por qué había conseguido activar sistemas que permanecían mudos ante otros humanos.
Ká llevaba mucho tiempo aguardando precisamente algo así.
El Explorador Oscuro estaba muriendo.
Su exocristal, el núcleo energético que mantenía activa la exonave, se encontraba fracturado. Ya no podía almacenar correctamente la energía necesaria para continuar su misión.
La nave sobrevivía únicamente gracias a las últimas reservas acumuladas siglos atrás.
Cuando estas se agotaran, tanto el Explorador como Ká terminarían apagándose.
Pero Tales había aparecido.
Y Nod estaba construido sobre incontables reliquias exoditas.
Todavía existía una posibilidad.
El Pacto del Mar y las treinta y tres plazas
De aquella conversación surgió el acuerdo que determinaría el futuro de Nod.
El pacto era sencillo en su formulación, pero desmesurado en sus consecuencias.
Tales llevaría el Explorador Oscuro hasta Nod.
Su pueblo buscaría entre las ruinas del planeta un exocristal intacto capaz de sustituir el núcleo fracturado de la nave.
A cambio, si conseguían devolverle la vida, Ká permitiría que treinta y tres personas embarcaran en el Explorador Oscuro.
Treinta y tres.
Ni una más.
Los elegidos abandonarían Nod para recorrer el Eternum a bordo de una nave capaz de seguir caminos que prácticamente ninguna astronave humana podía atravesar con seguridad.
Viajarían por la red de Anomalías.
Buscarían mundos olvidados.
Ruinas.
Conocimiento.
Reliquias.
Y quizá algunas de las respuestas que la humanidad llevaba milenios persiguiendo.
Era una oferta difícil de rechazar para un hombre como Tales.
Porque Ká había comprendido perfectamente aquello que lo movía.
No era el poder.
Era su insaciable necesidad de conocer.
Así nació el pacto que, con el tiempo, sería recordado como el Pacto del Mar.
Y con él comenzó, aunque nadie pudiera saberlo todavía, la Senda de las Estrellas.
El primer navegante humano del Explorador Oscuro
Sellar el pacto no bastaba.
Había que llevar la exonave hasta Nod.
Tales se conectó entonces al trono del puente del Explorador Oscuro.
La tecnología de la nave se cerró alrededor de su cuerpo hasta establecer una conexión entre la mente del exomante y sus sistemas.
Tales dejó de ser simplemente un pasajero.
Durante aquel viaje fue su navegante.
Guiado por Ká y unido a la exonave mediante su afinidad genética, consiguió conducir al Explorador Oscuro a través del sistema Nod utilizando las escasas reservas que todavía conservaba su exocristal.
La nave alcanzó finalmente el planeta.
No aterrizó en una ciudad.
Ni fue presentada ante el Consejo.
El Explorador Oscuro descendió sobre los mares septentrionales de Nod y se hundió bajo sus aguas heladas.
Allí permanecería oculto.
Dormido.
Esperando.
El exocristal agotó prácticamente sus últimas reservas y la enorme estructura entró en hibernación.
Tales y Lutero regresaron mediante el exoportal.
Entonces intervino el azar, el destino o alguna fuerza que ninguno de ellos podía comprender.
Un terremoto derrumbó el acceso a las instalaciones subterráneas.
La cámara del portal volvió a quedar sepultada.
El camino hacia el Explorador Oscuro se había cerrado.
La búsqueda del exocristal
Los años siguientes estuvieron definidos por una obsesión:
regresar al Explorador Oscuro.
Tales y Lutero dirigieron nuevas investigaciones en las regiones septentrionales de Nod.
Se exploraron galerías.
Se abrieron cámaras.
Se cartografiaron ruinas enterradas desde hacía milenios.
Los investigadores encontraron innumerables vestigios tecnológicos, pero no aquello que Tales necesitaba.
Un exocristal.
El Consejo de Nod vio además una oportunidad económica en los descubrimientos. Parte de las reliquias comenzaron a ser comercializadas con compradores procedentes de otros mundos.
Tales se opuso a aquella práctica.
Para él, las ruinas no eran una cantera de artefactos valiosos, sino parte del patrimonio de Nod y, sobre todo, una fuente irrepetible de conocimiento sobre los Exo y los exoditas.
Sin embargo, existía una contradicción difícil de resolver.
Las expediciones necesitaban financiación.
Y el comercio de las reliquias permitía continuar excavando.
Tales aceptó aquella realidad sin abandonar nunca su verdadero objetivo.
Encontrar el exocristal.
Despertar al Explorador Oscuro.
Y partir.
Kynes: el extraño que llevaba la llave
Años después, otra pieza del destino llegó hasta Nod.
Se llamaba Kynes.
Era un rōnin de piel gris y ojos completamente negros que recorría el Eternum cargando con una misión propia y con una de las reliquias más peligrosas que podían caer en manos humanas: Abaddón.
Kynes había encontrado en la estación Pérgamo un pequeño tetraedro fabricado en metal Exo.
El artefacto parecía inerte.
Hasta que Tales pasó cerca de él.
El tetraedro reaccionó inmediatamente a su presencia.
La energía verde apareció nuevamente.
El objeto se activó y proyectó una representación de las instalaciones ocultas bajo Nod, mostrando rutas y estructuras que los investigadores llevaban años intentando localizar.
Entre ellas estaba la cámara del exoportal.
Tales comprendió enseguida lo que tenía ante sí.
Kynes poseía la llave que necesitaba.
Pero Kynes no tenía intención de entregarla gratuitamente.
El pacto entre Tales y Kynes
El encuentro entre ambos hombres terminaría convirtiéndose en otro de los momentos decisivos de la historia de Nod.
Kynes tenía su propia búsqueda.
Necesitaba abandonar aquella región del Eternum y encontrar un camino que le permitiera continuar su misión.
Tales podía ofrecérselo.
El Explorador Oscuro podía viajar por la red de Anomalías.
Y todavía quedaban plazas entre los treinta y tres prometidos por Ká.
El acuerdo resultaba evidente.
Kynes permitiría que Tales utilizara el tetraedro y colaboraría en la búsqueda del antiguo acceso.
A cambio, Tales garantizaría al rōnin una plaza en el futuro viaje del Explorador Oscuro.
Pero aquello exigía enfrentarse al Consejo de Nod.
Una de las treinta y tres plazas no era un simple billete.
Era un privilegio extraordinario.
Clanes, tecnócratas, familias poderosas y miembros de la burguesía de Nod ambicionaban formar parte de la expedición.
Tales puso entonces en juego su prestigio y su influencia.
Defendió a Kynes.
Consiguió que el extranjero recibiera autorización para permanecer en Nod.
Y logró algo todavía más difícil:
Kynes fue inscrito oficialmente como uno de los treinta y tres viajeros.
Tales, sin embargo, mantuvo en secreto la existencia del tetraedro.
Era un pacto entre ambos.
Y Tales respetaba sus pactos.
La muerte de Tales
El hombre que había iniciado todo aquel camino nunca llegó a contemplar su culminación.
Durante las expediciones por las regiones selváticas de Nod, Tales contrajo unas fiebres que terminaron provocando su muerte.
El explorador que había cruzado el exoportal.
El exomante que había hablado con Ká.
El navegante que había llevado al Explorador Oscuro hasta Nod.
El hombre que había convencido a un gobierno entero para aceptar a Kynes.
Murió antes de poder regresar a la nave.
Pero para entonces había dejado demasiadas cosas en movimiento.
Lutero continuó las investigaciones.
Las excavaciones prosiguieron.
Kynes permaneció en Nod, aguardando el cumplimiento del acuerdo.
Y los tres hijos de Tales tuvieron que vivir bajo la sombra de un padre convertido en leyenda.
Diante, Cleona y Esquilo: los tres herederos de Tales
El legado de Tales no fue recibido de la misma forma por sus hijos.
Diante
Para Diante, el Explorador Oscuro terminó convertido en destino.
Veía la nave como la culminación del sueño de su padre y estaba convencido de que debía convertirse en su navegante.
Esa convicción acabaría enfrentándose a una realidad mucho más compleja.
La sangre no siempre entrega la herencia al primogénito.
Cleona
Cleona heredó una parte diferente del espíritu paterno.
Su relación con las ruinas y las reliquias estuvo vinculada al estudio y al conocimiento.
Tras la desaparición de Tales, representó además uno de los principales elementos de cohesión de una familia marcada por la muerte y por una herencia demasiado grande para cualquiera de sus miembros.
Esquilo
Pero la manifestación más extraordinaria del legado de Tales apareció en Esquilo.
El hijo menor heredó aquella extraña afinidad verdosa.
Cuando el mismo tetraedro que había respondido ante Tales quedó cerca de Esquilo, volvió a despertar.
Esta vez el fulgor fue verde.
La antigua tecnología reconocía algo en él.
Algo que procedía de Tales.
Algo que terminaría vinculando el destino de Esquilo con el Explorador Oscuro y con la verdadera Senda de las Estrellas.
Tales y el origen de La Senda de las Estrellas
Tales no es simplemente un personaje anterior a los grandes acontecimientos de la saga.
Es su causa.
Sin Tales, el Explorador Oscuro habría continuado muriendo lentamente en el tercer cinturón de asteroides.
Sin su gen exo, el primer contacto con Ká difícilmente habría ocurrido de la misma forma.
Sin él, la nave nunca habría llegado hasta los océanos de Nod.
Sin su pacto con Ká, no existirían las treinta y tres plazas.
Sin su acuerdo con Kynes, el rōnin no habría quedado ligado al futuro del Explorador.
Y sin aquella herencia genética que reaparece en Esquilo, el destino posterior de la nave sería completamente distinto.
Tales muere antes de contemplar la obra que ha puesto en marcha.
Esa es precisamente la tragedia del personaje.
Buscó durante buena parte de su vida una puerta hacia las estrellas.
La encontró.
La atravesó.
Habló con aquello que esperaba al otro lado.
Y regresó para conducir a todo un pueblo hacia ella.
Pero cuando finalmente llegó el momento de emprender el viaje, Tales ya no estaba allí.
Solo quedaba su nombre.
Sus hijos.
Sus pactos.
Y una enorme nave negra dormida bajo los mares de Nod, esperando que alguien terminara lo que él había comenzado.
El legado de Tales dentro del Continuus Nexus
La importancia de Tales rebasa los límites de Nod.
Su historia establece conceptos fundamentales para comprender La Senda de las Estrellas y acontecimientos posteriores del Continuus Nexus: los exomantes, la afinidad genética con la tecnología Exo, los exoportales, los exocristales, el Explorador Oscuro, Ká y la navegación por la red de Anomalías.
Pero su legado más importante no es tecnológico.
Es humano.
Tales pertenece a esa clase de personajes que cambian la historia sin llegar a gobernarla.
No conquista imperios.
No funda religiones.
No dirige ejércitos.
Encuentra una puerta.
Y tiene el valor de cruzarla.
Al otro lado descubre algo que llevaba milenios esperando.
Y desde ese instante, para sus hijos, para Nod y para quienes algún día emprenderán la Senda de las Estrellas, el Eternum deja de ser solamente el cielo oscuro que existe sobre sus cabezas.
Se convierte en un camino.
