Lore

El Navegante: novela de La Senda de las Estrellas

Conoce El Navegante: su historia, relaciones e importancia canónica en La Senda de las Estrellas dentro del Continuus Nexus.

El Navegante — La Senda de las Estrellas II Una novela de Tolmarher Serie: Continuus Nexus – Sexta Saga

Ha pasado un año desde la activación del Exoportal. El joven Esquilo, marcado por el pasado y portador de un legado olvidado, ha asumido su destino como Navegante del Explorador Oscuro, una astronave viva y dormida durante milenios bajo las aguas de Nod. Despertada por su sangre, la nave inicia un viaje sin retorno a través del Eternum, una vasta red de anomalías cósmicas, mundos muertos y secretos enterrados por civilizaciones caídas.

La historia de El Navegante

Pero el viaje no es solo hacia las estrellas, sino hacia la verdad. Junto a la enigmática Mayra —una exomante rescatada de un sarcófago milenario— y vigilado por Kynes, el implacable Cazador de Demonios, Esquilo deberá enfrentarse no solo a los peligros del vacío, sino también a las sombras que habitan en su interior.

Ruinas imperiales, horrores infernales, guerras olvidadas y dioses dormidos aguardan en cada salto estelar. Y mientras la nave se alimenta del corazón del sol, el corazón del muchacho late al ritmo de un destino que ya no le pertenece.

La Senda de las Estrellas continúa. Y el Navegante ha despertado.

Conflictos y personajes

Una novela épica, espiritual y visionaria, que mezcla ciencia ficción, misticismo y aventura, y que afianza el universo literario del Continuus Nexus como una de las grandes sagas de la space opera contemporánea.

Contexto canónico de El Navegante

El Navegante cerró los ojos un instante. Luego bebió un largo trago de la jarra. Cuando volvió a hablar, su voz era más grave.

El navegante se incorporó con dificultad. Miró a Lutero, que se preparaba para marcharse, y luego al holograma de Ká, que se desvanecía entre la penumbra.

Jonah Fox, el navegante de lo desconocido, había sido la bisagra de ese destino: sobreviviente de la Gehena, destructor de Aqueron, creador del desierto sin fin que ahora Kadosh contemplaba. Fue el final de una guerra y el presagio de la siguiente.

El puente del crucero, aunque no excesivamente grande, irradiaba modernidad. Una butaca de mando, cómoda y mullida, dominaba el centro de la estancia, acompañada por dos asientos menores para el navegante y el copiloto, frente a consolas holográficas que mostraban el océano de estrellas. La tripulación era reducida: apenas diez hombres y mujeres, entre ellos un cocinero, un médico y algunos técnicos. Ninguno era soldado. No había marines ni escoltas. El verdadero escudo era la bandera imperial, y todos confiaban en ella más que en un arsenal de armas.